¿Son éstos los mejores relatos de ciencia ficción? - Ego Sum Qui Sum

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domingo, 18 de febrero de 2024

¿Son éstos los mejores relatos de ciencia ficción?



Pues no, no lo son. El título es puro bait. Y no me refiero (sólo) al de esta entrada de su nerdoso blog, sino al de esta colección, editada y publicada por la extinta Bruguera.

 

Como les conté la vez pasada, me he embarcado en un viaje para revisar todas las antologías de ciencia ficción de Bruguera que han caído en mis manos a lo largo de años de visitar librerías de viejo.

 

Pues bien, hoy toca hablar ni más ni menos que de la primera colección que publicó aquella editorial. Se titula simplemente Los mejores relatos de ciencia ficción y apareció en 1967. En realidad, reúne dos antologías previamente publicadas en inglés: 13 Great Stories of Science Fiction de 1960, y 12 Great Classics of Science Fiction, de 1963. En esta edición fueron retituladas, respectivamente, Trece maestros y Doce clásicos. A éstas se suma un relato seleccionado por los editores, El cohete de Ray Bradbury, con lo que alcanza un total de 26 cuentos.

 

El texto más antiguo data de 1946 y el más reciente, de 1963. Estamos, de nuevo, en la Era Dorada de la Ciencia Ficción, con sus robots antropomorfos, supercomputadoras que usan cintas magnéticas, viajes espaciales como si fuera tomar un tren, cohetes de propulsión a chorro y sexismo casual.

 


Hay dos personas a las que tenemos que agradecer la existencia de este volumen; aunque sus nombres quizá hoy no sean tan conocidos, a mediados del siglo pasado fueron dos figuras que contribuyeron a crear una cultura alrededor de la ciencia ficción. El primero de ellos es Groff Conklin, quien realizó las dos compilaciones originales en inglés. Él fue uno de los editores más prolíficos de la Edad Dorada. Además de ser crítico y autor, fue el responsable de 40 antologías del género, empezando por la seminal The Best Science Fiction en 1946. Sus compilaciones eran éxitos de ventas entre los fans, que consideraban ver su nombre en una portada como garantía de calidad.


Para presentar la edición española de Bruguera tenemos a
Narciso Ibáñez Serrador, prolífico artista de cine, teatro y televisión, y uno de los impulsores más importantes de la ficción fantástica en lengua castellana. En serio, chequen su biografía; el señor hizo muchas cosas para difundir y fomentar la fantasía, el horror y la ciencia ficción en nuestro idioma. El volumen de Bruguera abre con una presentación en la que Serrador anuncia:

 

“La tierra ha sufrido una invasión, una conquista. No se trata de humanoides marcianos provistos de cinco ojos, ni de insectos venusianos superdesarrollados, no. Se trata de la conquista lograda por un nuevo género literario: Ciencia-Ficción, o Fantasía Científica, como quizá sea más exacto denominarlo

 

[…]

 

Para defenderlo de quienes lo atacan o para presentarlo a aquellos que lo desconocen, es interesante señalar que se trata de un género nacido a la sombra del progreso, ese progreso de cohetes y satélites, de aviones supersónicos y helicópteros increíbles que nos obliga cada vez más a mirar al cielo. Y ahí radica la diferencia y el mérito de la Ciencia-Ficción: hacernos mirar al cielo, darnos un cauce donde liberar nuestra imaginación, nuestra fantasía. Y, ¡qué curioso!, son precisamente los científicos, los hombres que a través de fórmulas y cifras hacen culto de la exactitud y los hechos concretos, los que hoy en día nos toman de la mano y nos dicen: ‘Todo lo que imaginen, todo lo que sueñen, por absurdo que sea, es probable que el futuro lo convierta en realidad. Por eso, den rienda suelta a su fantasía, imaginen extrañas naves interplanetarias, imaginen visitas a las más apartadas galaxias, emborráchense de estrellas…, porque es posible que algún día las alcancemos’”

 


Esto nos deja ver algunos tópicos comunes en el discurso sobre la ciencia ficción de aquella época: que los críticos no la consideran literatura digna, pero que sí lo es; que es la literatura por excelencia de nuestro mundo que ha sido transformado por la ciencia y la tecnología, que representa la promesa de un futuro incríeble, etcétera. Todo es verdad, pero viendo que el discurso no ha cambiado mucho, y que aún los fans de la ciencia ficción nos sentimos obligados a defenderla, aunque hace mucho dejó de ser el “género nuevo”, y sobre todo viendo que la promesa del futuro brillante salió muy mal, pues da un poco de desánimo.

 

Las introducciones escritas por Conklin para ambas colecciones son también incluidas. En la primera, que tiene como eje el concepto de “la invención”, nos dice lo que sigue:

 

“En otras palabras, invención no significa únicamente un aparato o un proceso patentables que pueden utilizarse para aumentar el lujo, la eficiencia o la complejidad de la vida moderna. Puede significar muchas otras cosas. Por considerar un simple ejemplo, existen las invenciones musicales; el gran Juan Sebastián Bach escribió que su finalidad no consistía sólo en enseñar al estudiante ‘A aprender… a adquirir buenas ideas, sino también a desarrollarse por sí mismos.’ El propósito de la invención en la ciencia, en la ficción, en la música, en cualquier actividad, es por consiguiente el de aumentar el uso de la imaginación, tanto como el de conseguir algo nuevo.”

 

Me gusta este párrafo y me parece relevante, porque yo también creo que la ciencia ficción tiene, entre sus muchas ventajas, el potencial de expandir nuestra imaginación, abrir nuestra mente a distintas posibilidades y probabilidades de la existencia. Lástima que, para ser sinceros, la selección en esta primera parte no está a la altura.

 


La introducción a la segunda mitad empieza interesante, en cuanto que menciona controversia respecto a C.P. Snow y su concepto de las dos culturas. En 1959, Snow había sacudido la opinión pública alertando que la cultura de la ciencia y la de las humanidades se estaban distanciando cada vez más, y que esto iba en detrimento de ambas y de la civilización misma. Sobre todo, Snow defendía que los científicos deben tener una participación más activa en los asuntos políticos, económicos y sociales del mundo.

 

Sin embargo, Conklin pronto aclara que el propósito de la antología es proporcionar al lector unas horas de evasión de los problemas y dolores de la vida cotidiana.

 

“De hecho, algunos de nuestros relatos entran en los límites de la controversia científico-no científico que actualmente se desarrolla en torno a C.P. Snow y otros. Sin embargo, lo hacen en una línea muy alejada de las realidades comunes. Incluso en sus aspectos más amargos y satíricos, constituyen extrapolaciones auténticas y fascinantes, las mejores expresiones de la ciencia-ficción. Pero debe añadirse que, se trate de sátira, profecía o crónica, ninguno de ellos es verdaderamente científico. Todos son ficticios.”

 

Vaya vuelta de timón tan timorata. ¿A qué vendría? ¿Miedo a ser percibido como “demasiado político” en el peligroso y suspicaz contexto de la Guerra Fría? Quién sabe.

 


Bueno, para basta de introducciones. El libro en sí, ¿qué tal está? Como les decía, su título es engañoso. Comprensible, porque una editorial tiene que vender sus libros, pero engañoso de cualquier forma. No son los mejores relatos de ciencia ficción; es sólo un compendio de dos antologías medio random. Al chile, ningún libro tendría derecho a llamarse los mejores sin incluir La última pregunta de Isaac Asimov.

 

Pero, fuera de todo esto, ¿son buenos cuentos? Pues la selección es, digamos, irregular. No me gustó tanto como cuando lo leí por primera vez, en 2016 (¡hace ocho años!). Supongo que algo ha cambiado en mí en todo este tiempo; quizá he aprendido más y mis gustos han madurado. Pero es curioso que el otro volumen, titulado Los mejores relatos de anticipación, sí me gustó mucho al volverlo a leer, y ahí pasaron (cuenta con los dedos) ¡dieciocho años! Supongo que simplemente aquella segunda antología de Bruguera fue mejor.

 

La primera parte del volumen, Trece maestros, es la más floja. De ahí sólo destaco tres relatos; casi todos los demás tienen un tono humorístico y resultan entretenidos, pero muy pocos son memorables.  La segunda parte, Doce clásicos, es mucho mejor, aunque algunos relatos tienen el mismo defecto de ser fastidiosamente cincuenteros: se sienten un poco como episodios de Los Supersónicos, con tecnología futurista o situaciones de otro mundo introducidas en dinámicas sociales y familiares típicas de mediados de siglo.

 

Sobre todo, y esto es algo que se extiende a toda la colección, hay mucho sexismo casual. Los escritores (menos una, puros hombres) pueden imaginar avances futuristas en las décadas y siglos venideros, pero no conciben que los roles de género podrían ser diferentes. Puede haber sirvientes robots, pero será la señora de la casa la encargada de dirigirlos. Los científicos, gobernantes y militares serán siempre varones; las mujeres a lo mucho pueden ser secretarias. Y estereotipos como que las féminas son emocionales, celosas, regañonas y vanidosas son tratados como verdades eternas que trascienden las eras y las razas extraterrestres. Aflicciones del hombre humano de Robert Scheckley (1956) y El amante estelar de William W. Stuart (1962), ambos en la segunda parte, son los peores ofensores.

 


Vale, no se puede esperar que la gente de hace ya 70 años tenga nuestros mismos valores progres inclusives, ni le podemos echar en cara a estos escritores que no previeran los cambios sociales que vinieron después de su tiempo. Yo no creo que la ciencia ficción tenga o deje de tener valor por su tino al augurar el porvenir.

 

Pero sí creo que su capacidad de imaginar realidades distintas al presente real es uno de sus grandes atractivos. Y más o menos la mitad de estos relatos les falta esa visión, esa originalidad. Parafraseando parcialmente a Britta Perry: puedo excusar el sexismo casual, pero pinto mi raya ante la falta de imaginación.

 

Algunos cuentos, sin embargo, sí que valen mucho la pena, y quiero comentarlos por si se animan a buscarlos o se los topan más allá de este volumen. Veamos…

 


Añadir El cohete de Ray Bradbury (1951) fue la mejor idea que pudieron haber tenido los editores. Es el segundo mejor cuento de la colección, y uno de los relatos más conmovedores del género. Quizá es mi sesgo, porque Bradbury es uno de mis escritores favoritos, pero se nota muchísimo la superior calidad de su pluma frente a la mayoría de los otros escritores antologados.

 

En el futuro, los viajes al espacio se han convertido en algo rutinario… para los ricos. Un herrero italiano y su empobrecida familia observan los despegues todos los días, a sabiendas de que nunca podrán costearse un viaje en uno de ellos. El padre, queriendo dar a sus niños una hermosa experiencia que de otra forma les quedaría vedada, prepara un elaborado engaño para hacer felices a sus niños.

 

Las emociones de este cuento se sienten con mayor fuerza en nuestros días, en que la desigualdad se ha vuelto tan atroz que hace ver a las antiguas promesas de un futuro glorioso como un chiste cruel. Los multimillonarios juegan a los astronautas mientras el resto de nosotros sufre precariedad, pandemias y cambio climático. Sí, fue creado un futuro maravilloso, pero sólo para quienes pueden pagarlo.

 


El siguiente párrafo me fue mucho más poderoso hoy que hace ocho años:

 

-¿Sales todas las noches, Bodoni?

 

-Sólo a tomar el aire.

 

-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era casi un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y todavía no he estado en ninguno.

-Yo haré un viaje uno de estos días -dijo Bodoni.

 

-No seas tonto -dijo Bramante-. Nunca lo harás. Este mundo es para los ricos. -Sacudió la cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven, alguien escribió un anuncio con letras de fuego: “¡EL MUNDO DEL FUTURO! Ciencia, confort y novedades para todos”. ¡Bah! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en casuchas como nuestros padres.

 

-Tal vez mis hijos… - dijo Bodoni.

 

-¡No, ni los hijos de tus hijos! -gritó el anciano-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!



Los análogos de Damon Knight (1952) es un inquietante relato distópico, que revela el temor al totalitarismo que nos dejaron las experiencias del siglo pasado. El gobierno está probando un nuevo método para tratar a los criminales. Cuando un impulso violento o delictivo se les presenta, comienzan a alucinar (con imagen, sonido, y hasta sensaciones táctiles y dolor) una figura que les impide actuar. Ésta puede ser una autoridad, desde un policía hasta su propia madre, o incluso a un amigo o consejero que los distraiga y disuada de sus planes.

 

Parecería la solución al crimen y la violencia, ¿no? Y si bien es cruel y viola la autonomía de las personas, ¿qué más da? Se lo merecen por criminales y la gente decente no tiene nada que temer… Excepto si el gobierno decide empezar a usar este método experimental para controlar disidentes y opositores, y a toda la población después. Si dejamos que se ejerza esa forma de control “por el bien común”, ¿cómo impediremos que después se siga extendiendo su alcance? En estos tiempos, en que muchas personas claman por soluciones autoritarias a los problemas sociales, el relato me dio escalofríos.


Los poderes de Xanadu de Theodore Sturgeon (1959) es el cuento más interesante de la primera parte. Es un relato utópico, de los que nos hacen tanta falta en estos tiempos. En el futuro distante, la humanidad se ha desperdigado por toda la Galaxia, al punto que civilizaciones enteras quedaron sin contacto las unas de las otras y evolucionaron de forma independiente. Ahora, han comenzado a reencontrarse de nuevo.

 

El cuento está narrado desde el punto de vista de Bril, proveniente de un planeta que es una exageración de la situación de nuestro propio mundo en el capitalismo: sus habitantes viven en ciudades atestadas, divididos por jerarquías sociales y económicas, reprimidos por tabúes absurdos, atomizados y enajenados los unos de los otros; han explotado hasta sus últimos recursos naturales y están en busca de otros mundos para explotar y seguir expandiéndose.

 

Bril es explorador y embajador. En su búsqueda de mundos explotables, llega a Xanadu. Lo que encuentra ahí es una utopía a la que casi podríamos llamar anarquista; comunidades muy unidas, pequeñas y sin líderes (apenas representantes que sirven como contacto de unos distritos con otros); en armonía con la naturaleza, pero al mismo tiempo con desarrollos tecnológicos que hacen la vida fácil y placentera.

 

¿Cómo se ha logrado construir esta utopía? Un avance tecnológico permite que lo que sabe uno, lo sepan todos. No se trata de que la propia mente esté abierta a ser leída tal cual por el resto de la comunidad, que eso sería aterrador. Lo que se comparte es más bien una especie de sentimiento empático. Si un miembro tiene una necesidad, el resto de la comunidad lo siente y quien esté cerca acude en su ayuda. Si alguien sabe cómo se realiza una tarea (desde construir una casa hasta preparar un estofado), los demás sienten cómo debe hacerse; es decir, al trabajarlo se guían por lo que se siente correcto. No es necesaria la planificación centralizada ni la hiperespecialización.

 

“Un billón y medio de seres humanos, que habían adquirido las técnicas de la música, las artes gráficas, y la teoría de la tecnología, ahora poseían las otras: la filosofía, la lógica y el amor; la simpatía, la empatía, la indulgencia, la unidad en la idea de su especie más que en su obediencia; sentido de comunidad en armonía con la vida universal.

 

Un pueblo con tales conocimientos y poderes derivados no puede ser esclavo. Al aparecer la luz entre ellos, asumieron todos una concentración común: ser libres, el sentimiento total de serlo. A medida que cada uno de ellos lo hallaba, se convertía en un experto en libertad, y cada cual trascendía a su vecino, y así hasta el momento en el que un billón y medio de almas poseían un talento común: la libertad.”

 

Me gusta el relato porque, aunque el artilugio sería imposible de fabricar en la realidad, sí nos dice los elementos fundamentales necesarios para construir esa utopía: la empatía por nuestros congéneres y la democratización del conocimiento. Me recordó a La vuelta al hogar de Maron Zimmer Bradley, recogida en la otra antología de Bruguera, y ambos me recordaron al moderno subgénero del Solarpunk, que se propone imaginar futuros mejores en estos tiempos de desesperanza y crisis.


La máquina de Richard Gehman (1946), es un sardónico relato que roza el humor negro y el absurdismo kafkiano. Es una crítica al industrialismo deshumanizante que aliena hasta a las mentes más brillantes convirtiéndolas en sólo partes de la maquinaria, pero también es una divertida parodia de la paranoia de tiempos de la Guerra Fría.

 

Un par de veteranos regresan a casa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (vean que el cuento se publicó al año siguiente) y, dado que son ingenieros, consiguen trabajo operando una gran y compleja maquinaria. Pero el protagonista, Joe, termina odiando su trabajo, rutinario y monótono, en el que ni siquiera sabe qué es lo que produce la máquina que opera. Frustrado por no poder usar su potencial creativo, empieza a desesperar (vaya, me parece que cierto filósofo alemán habló de estas cosas). Para dar rienda suelta a sus talentos e impulso creativo, construye en el patio de su casa una máquina, complicada y aparatosa, llena de engranajes, cigüeñales y bandas elásticas, que lo único que hace es funcionar.

 

Pero pronto capta la atención de vecinos chismosos, de medios de comunicación sensacionalistas, y finalmente, de un gobierno paranoico y de su burocracia y mandos militares obtusos, que sospechan que Joe ha inventado un motor nuclear. Las cosas sólo se ponen más y más desesperantemente absurdas conforme avanza el relato.

Cosas de Zenna Henderson (1960) es el único relato escrito por una mujer. Es una muy poco sutil alegoría de la destrucción de las culturas nativas de América por parte de los europeos, pero usando aquí a terrícolas y extraterrestres. Onda Avatar con todo y el mismo cliché de “buen salvaje”. Aquí un mundo 'primitivo' es corrompido por el materialismo y la avaricia de los hombres de la Tierra.

 


La cima de George Sumner Albee (1962) es un cuento que aprecié mucho más ahora que la primera vez. En un futuro indeterminado, una megacorporación de ésas que hacen de todo tiene como edificio central una gigantesca pirámide en medio de una gran ciudad. Cada piso de la pirámide representa un nivel de la jerarquía de la corporación: mientras más ascendemos, encontramos empleados más ricos y poderosos; pero también más excéntricos y solitarios.

 

La corporación misma es como una gran maquinaria que devora a quienes trabajan en ella. Los empleados inferiores son explotados sin miramientos. Los ejecutivos gozan de extravagantes lujos en sus oficinas, pero su vida tampoco es envidiable: se espera que trabajen sin cesar hasta morir en su puesto (por lo general, de un infarto).

 

Nuestro protagonista, Jonathan Gerber, es un joven y ambicioso que logra el sueño de acceder a un alto nivel de la jerarquía corporativa. Entonces, le invitan a visitar los dos pisos superiores. Lo que descubre ahí es perturbador.


Mensajero del futuro de Poul Anderson (1961) es un excelente relato de viajes por el tiempo. En un futuro muy distante, los enemigos del estado son castigados con el exilio en tiempos remotos. Es un thriller que tiene al lector en suspenso en todo momento, y aun así se las arregla para filosofar, en forma de diálogos, sobre las implicaciones del viaje en el tiempo. No les revelo más para que puedan disfrutarlo al máximo.


En el Cuarto Planeta de J.F. Bone (1963) es, a mi gusto, el mejor relato de la colección y uno de los mejores cuentos de ciencia ficción que he leído. Aquí tenemos unas formas de vida inteligentes que son algo así como amebas gigantes (pero multicelulares) que se desplazan por el suelo de su propio planeta alimentándose de líquenes y hongos. ¿Cómo sería la psicología y la cultura de seres con una biología tan ajena a la nuestra?

 

Ésta es la parte interesante, porque Bone imagina todo con impresionante verosimilitud. Él era veterinario de profesión y esa formación científica se nota en la construcción de estos seres y su mundo. Es un ejemplo de a lo que me refiero con una ciencia ficción visionaria, que en verdad puede ampliar la capacidad de lo que un lector es capaz de imaginar.

 

Si bien me he quejado de que muchos cuentos de la colección son demasiado cincuenteros, en Treinta días tiene septiembre de Robert F. Young (1957), ese rasgo me parece que juega a su favor. La ciencia ficción trata menos del futuro que del presente en el que se escribe. Young hace aquí una crítica nada velada de la sociedad de su tiempo, y si ambienta su relato en un futuro robótico, es sólo para poder llevar hasta sus últimas consecuencias las tendencias culturales que ya podía advertir en sus días.

 

Un padre de familia adquiere una anticuada maestra robot. Lo racionaliza pensando que podría ser una asesora para la educación de su hijo y una ayuda en la casa para su esposa. En realidad, lo que lo mueve es la nostalgia por un pasado perdido en que los niños iban a escuelas reales.

 

La década de los 50 fue en la que la televisión penetró en los hogares de la gente común y comenzó a dejar sentir su poderoso impacto en la cultura contemporánea. Young imagina un futuro en que ha llegado a dominar por completo las vidas de las personas, a tal punto que hasta la educación se transmite por los tubos catódicos. Educación, por supuesto, patrocinada por las compañías que se anuncian en la programación. En esta sociedad, cegada por el consumismo y el espectáculo, la pedagoga androide resulta más humana que muchos de los individuos de carne y hueso.



La antología cierra con broche de oro; Inmortalidad limitada de J.T. MacIntosh (1960) es una de aquellas obras que cumplen tanto con las características de la buena ciencia ficción y de la buena literatura. Con un toque de relato policiaco, nos cuenta una historia que a cada momento se va tornando más y más sorpresiva. En verdad que no pude adivinar hacia dónde iba.

 

En el futuro, los miembros más sobresalientes (artistas, científicos, líderes) de la sociedad pueden "renacer" en cuerpos más jóvenes si se considera que su talento es beneficioso y necesario para la sociedad. Es una extraña forma de eugenesia, y es opresiva por partida doble: esta inmortalidad limitada está fuera del alcance de las mayorías, mientras que a los individuos más brillantes se les niega la posibilidad de morir en paz.


Haciendo un balance de esta colección, puedo decir que bien pudo haber prescindido de la mitad de las obras seleccionadas; es más, sería una mejor antología sin muchas de ellas. De todos modos, no deja de ser un librito que vale la pena, en especial para quien se está iniciando en el maravilloso mundo de la ciencia ficción, o para quien quiere conocer más acerca de su Edad Dorada.

 

Tampoco podemos dejar de reconocer el valor de estas colecciones de Bruguera, que tanto hicieron por impulsar el género en el mundo de habla hispana. Y todo comenzó con este volumen que acabamos de recorrer. Pronto seguiremos explorando los futuros que nos legó esta editorial.

Mandé a reencuadernar mi edición en pasta blanda porque estaba muy descuajeringada, pero pronto se volvió a descuajeringar :(

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