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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 29 de mayo de 2026

La falacia etimológica

Esta entrada fue publicada con anticipación para mis mecenas en Patreon.


¿Saben lo que es la filatelia? Pues es la afición a coleccionar sellos, estampillas y timbres postales. Un pasatiempo muy nerd, ciertamente, además de bien vintage, pues hoy en día el correo físico ya no se usa mucho, salvo para la paquetería).


Este hobby surgió con la modernización del servicio postal en el siglo XIX y fue el filatelista francés Georges Herpin quien acuñó el término en la década de 1860. Lo curioso es que para esta palabra escogió las raíces philia, que significa “amor, amistad” y ateleia, que quiere decir… “exención fiscal”. Esta última palabra griega está compuesta del prefijo a-, que indica una negación, y la raíz telios, que significa “tributo o impuesto”. Herpin parecía no saber o no entender bien esto y acabó creando una palabra que etimológicamente significa “amor por la ausencia de impuestos”, un sentimiento bastante comprensible, pero que no tiene nada que ver con la afición a la que quería bautizar.


Sin embargo, el nombre pegó, y hasta la fecha se sigue utilizando. Y si un hombrecillo llamado Melvin que colecciona estampillas los miércoles exclamara “¡Soy un aficionado a la filatelia!”, se vería como un pedante impertinente quien llegara a decirle con sonrisa socarrona: “Ah, ¿o sea que no te gusta pagar tus impuestos? Te denunciaré al SAT”. Y es que nuestro petulante individuo estaría cometiendo la infame falacia etimológica.



Hola, soy Maik, y soy profesor de, entre otras cosas, Etimologías griegas y latinas. Recientemente, y de forma por demás obtusa, la Uady eliminó la materia del plan de estudios de los bachilleratos de Yucatán. Por fortuna, la escuela en la que trabajo es de primerísimo nivel y a nuestras autoridades les importa de verdad la preparación del alumnado, por lo que hicieron todo lo posible para rescatar los contenidos de la materia. Así, ha quedado reducida a un taller, parte de Lectura y Redacción. De lo perdido, lo recuperado.


Siempre digo que los estudiantes, a quienes metemos a un aula por gran parte de su día y gran parte de su vida, tienen todo el derecho a preguntar para qué les va a servir lo que les estamos obligando a aprender. Por eso siempre les digo que las Etimologías sirven para seis cosas:


  • Ampliar el vocabulario

  • Mejorar la ortografía

  • Fortalecer la memoria

  • Aprender nuevos idiomas

  • Comprender mejor el significado de las palabras

  • Hablar y escribir con mayor claridad, precisión y elegancia


Defender materias cuya utilidad para el mercado laboral no es evidente de inmediato suele resultar una batalla cuesta arriba. Pero bueno, si yo no creyera que se puede persuadir a la gente para adoptar la buena costumbre de pensar, no sería educador. De modo que hoy quiero centrarme en una de las razones más importantes para el estudio de la materia: el pensamiento crítico (que a su vez se relaciona con todos los puntos de la lista).




En concreto, aprendamos a no caer en el error de razonamiento conocido como falacia etimológica. Éste consiste en creer que el significado de una palabra se reduce a su etimología, y además que la realidad extralingüística debe ajustarse a ese significado tan estricto. En otras tonterías, es negar que la palabra filatelia signifique “la afición a coleccionar estampillas” y querer a huevo que se use como “amor por la falta de impuestos”, aunque llevemos casi dos siglos usándola con la primera acepción.


Una de las primeras cosas que les enseño a mis estudiantes es que la etimología de una palabra no es suficiente para conocer su verdadero significado. Y el mejor ejemplo de esto es, precisamente, la palabra etimología. Ésta viene de las raíces griegas etymos, que significa “verdadero”, y “logos”, que en este caso quiere decir “palabra”, más el sufijo -ía, que se usa para nombrar ciencias o artes. 


Si nos basáramos sólo en los elementos que la componen, etimología vendría a significar algo como “ciencia de la verdadera palabra”. Pero como no somos estúpidos, entendemos bien que lo que quiere decir es “estudio del significado verdadero de las palabras”. Ahora bien, esto no es de lejos suficiente para entender qué es la asignatura de Etimologías, porque no se trata simplemente de buscar la definición de un vocablo en el diccionario. ¿Cómo conocemos ese “significado verdadero”? Es lo que nos dice la segunda parte de nuestra definición: “a través del conocimiento de los elementos que la conforman, así como su origen, historia y transformaciones o cambios”.


Esta segunda parte de la definición no está contenida en las raíces griegas que integran la palabra, pero eso no la hace una iota menos vital para entender de qué va esta disciplina a la que llamamos etimología. Y vean bien que no se trata sólo de los elementos que componen una palabra, sino de sus orígenes, su historia y los cambios que ha sufrido a lo largo de su vida. Y es que las palabras, casi como seres vivos, tienen ciclos de vida: nacen, se evolucionan y en ocasiones mueren si dejan de usarse. 



El significado de un vocablo puede cambiar según lo usa una comunidad lingüística; en sus orígenes podría referirse a algo en específico, pero con el tiempo se fue utilizando para denotar algo más amplio o más concreto, o algo por completo distinto. Por ejemplo, la palabra cotidiano (del latín quotus = cada, y dies = día), no se usa sólo para lo que ocurre literalmente “cada día”, sino para lo que es común u ordinario. O la palabra solemne (del latín solus = solo, y annus = año) no se usa para lo que ocurre una sola vez al año, sino para aquello que se realiza con seriedad extraordinaria. Así, tu fiesta de cumpleaños ocurre una vez al año, pero eso no significa que sea un evento solemne, a menos que seas una persona muy aburrida.


Por eso, hablar del significado “verdadero” de las palabras es un tanto necio, pues una misma palabra puede significar una cosa en un contexto y otra en otro, y su uso cambia con el paso del tiempo. De hecho, si lo de verdadero forma parte de la definición de etimología es porque los antiguos griegos pensaban que se podía llegar a la esencia de las cosas a través del estudio de sus nombres y sus definiciones. Como dijo Jorge Luis Borges:


"Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo".


Hoy sabemos que no es así, y que el signo lingüístico es arbitrario. Y esto no es una invención posmoderna reciente; es algo que ya señalaba el mismísimo Ferdinand de Saussure, el padre de la Lingüística como ciencia.



Quizá están pensando que todo esto es muy curioso y bonito, pero falta ver qué relevancia tiene para los asuntos del mundo real. Y pues sí, porque miren: la falacia etimológica es uno de los argumentos favoritos de charlatanes de Internet, en especial de quienes impulsan alguna agencia ideológica por todos los medios que tengan a su alcance, sin importar cuán estúpidos o deshonestos sean.


Por ejemplo, no falta el conservador que se cree muy listo y muy culto diciendo que no puede haber matrimonio entre dos personas del mismo género, porque la palabra matrimonio viene del latín mater, que significa madre. Este argumento es absurdo por todas partes, empezando por que en el derecho romano matrimonium no era la unión legal entre hombre y mujer (ésta se llamaba connubium), sino la condición jurídica de la mujer casada y los derechos que implicaba. Así que para empezar ya había ocurrido un gran cambio de significado entre el origen y el uso moderno de la palabra, por más que crean que están defendiendo esencias eternas y nosequé.


Más importante es que no tenemos por qué ajustar la realidad extralingüística a la etimología arcaica de las palabras; es su uso lo que determina su significado. Y si una comunidad decide que matrimonio incluye la unión de personas del mismo género, entonces así es. De lo contrario, si nos atuviéramos a su argumento todo menso, entonces una pareja heterosexual que no fuera a tener hijos no podría ser un matrimonio, y en cambio una pareja de mujeres sí podría serlo, siempre que una de ellas fuera madre.



Un caso similar ocurre con la palabra homofobia. No falta el pillín que se siente muy listo que, tras tirar pestes contra la comunidad lgbtq+ culmina con “Y esto no es homofobia, porque no les tengo fobia a los gays.”


Uff, no saben lo mucho que me exaspera cuando salen con eso, porque es de un razonamiento tan, tan, pero TAN estúpido como enredado… ¿Por dónde empezamos? Primero, la palabra homofobia significa “aversión o rechazo hacia la homosexualidad o las personas homosexuales”. Ése es su significado, así que si estás en contra del matrimonio gay, o a la adopción homoparental, o la representación de personas homosexuales en los medios, entonces lo tuyo es homofobia. No eres tú, sino la comunidad lingüística, la que decide qué significa la palabra, y en este caso tenemos muy clara su definición.


Los retrógrados intentan ganar la discusión apelando al significado de la palabra fobia en el contexto psiquiátrico: “trastorno de ansiedad que se caracteriza por un miedo intenso, desproporcionado e irracional, ante seres, objetos o situaciones concretas”. Ya que estos sujetos no padecen un trastorno de ansiedad, sino que lo suyo es simplemente prejuicio, intolerancia y vulgar culerez, niegan tener una fobia. Y en efecto no lo es… en el sentido psiquiátrico del término.


Pero para empezar ése es el significado de la palabra en español fobia, no de la raíz griega phobos ni de las otras palabras en español que se forman con ella. Nadie dice que la homofobia sea como la aracnofobia o la claustrofobia. La raíz philia (“amor”), no significa lo mismo en pedófilo que en cinéfilo (en un caso es una patología y en el otro es una afición); manía (“locura”) no es lo mismo en mitomanía o cleptomanía que en melomanía (de nuevo, patologías en un caso, afición en el otro).



De hecho, si nos fuéramos a poner mamones, la palabra homofobia está etimológicamente mal construida. Homos significa “lo mismo, igual”, así que homofobia debería querer decir “miedo a lo mismo o igual”. Pero, como filatelia, este vocablo se creó para tener un significado determinado y la comunidad lingüística lo adoptó así. Punto.


Hablando de odios y prejuicios, con todo el rollo de Israel cometiendo genocidio en Palestina y el Líbano han salido los neonazis y tarados similares a predicar el odio contra todos los judíos por igual, es decir el antisemitismo. Esta palabra se define como “actitud de hostilidad y prejuicio contra los judíos, su cultura o su influencia”.  Pero muchos de quienes promueven esa hostilidad y prejuicio salen con la supina idiotez de construir un argumento que va más o menos así: 


No soy antisemita, porque semita se refiere a todos los pueblos que hablan lenguas de la familia semítica, y eso incluye a los árabes y a los etíopes, y yo a ellos no los odio. Es más, muchos de los judíos actuales ni siquiera son semitas, sino descendientes de pueblos eslavos y germánicos que se convirtieron al judaísmo en la Edad Media.


Éste es un buen ejemplo de cómo se pueden decir cosas que prácticamente son ciertas para sostener conclusiones bien pendejas. O sea sí, los pueblos semíticos incluyen más que sólo a los judíos. Y sí, muchos judíos de origen europeo no tienen relación genética con los antiguos hebreos del Levante…



La cosa es que nada de eso importa, porque en su significado actual la palabra antisemitismo quiere decir “actitud de hostilidad y prejuicio contra los judíos, su cultura o su influencia”, así que cualquiera que esté intentando difundir o justificar esas actitudes es un antisemita. Punto.


Pero más importante que todo lo anterior es que, si reducimos sus argumentos a su estructura básica, tanto el antisemita como el homofóbico están tratando de decirnos: “Esas palabras no son adecuadas para describir mis actitudes, y por lo tanto no tienes nada que criticarme”. Y eso es taaan oligofrénico que no más no puedo. 


Supongamos que sí, que homofobia o antisemitismo fueran palabras inadecuadas para describir esas actitudes. ¿Y QUÉ? Igual siguen oponiéndose a los derechos de las personas, igual siguen difundiendo teorías conspiratorias sobre planes judíos para destruir a Occidente, igual siguen pensando que si se reconoce a las personas transgénero va a colapsar la sociedad, igual están tratando de satanizar a grupos humanos que no les han hecho nada… Entonces, como le quieran llamar a eso, siguen siendo un montón de actitudes prejuiciosas, despectivas y directamente inmorales. Aunque la etiqueta de homofóbico o de antisemita no te quedara por razones etimológicas, sigues siendo una persona horrible.



Oigan, pero los conservadores y reaccionarios no son los únicos que caen en la falacia etimológica; los progres tienen el caso de la palabra denigrar. Este verbo lleva muchísimo tiempo usándose con el significado de “Injuriar o humillar a una persona, especialmente ofendiendo o manchando su fama o imagen”.


Esto no tendría que ser polémico, pero hace unos pocos años alguien descubrió que denigrar viene del latín niger, que significa “negro”. Entonces, concluyeron que la palabra debe significar algo así como “ennegrecer, volver negro” en un sentido peyorativo, y que por lo tanto es una palabra racista y que quien la use es racista.


Ay, Cthulhu, ¿cómo les explico? Ok, es cierto que la palabra denigrar se forma con niger, y que los romanos la usaban como “ennegrecer o manchar” la reputación de alguien. Pero en su orígenes no se refería a la raza negra sino al color negro. De hecho, los romanos no tenían las mismas concepciones de “razas” que tenemos hoy en día, y que en realidad tienen un origen muy moderno.


Más importante aún, nadie estaba usando la palabra con intenciones racistas, ni teniendo en mente prejuicios racista, ni siquiera de forma inconsciente… No es como el caso de usar indio como insulto, que sí relaciona prejuicios negativos con grupos étnicos y por lo tanto sí es racista… Y no puedes agarrar por tus pistolas decir de la noche a la mañana que una palabra, que nadie estaba usando con sentido racista, es racista sólo porque descubriste (y mal entendiste) su etimología.



Me cae que este mame ha sido impulsado por el tipo de gente cuya mayor satisfacción en la vida es descubrir nuevos pecados por los cuales sermonear al prójimo en redes sociales, y que usan eso como sustituto de ser una buena persona. 


Fun fact: De hecho en latín existen dos palabras para el color negro. Niger se refiere al negro brillante, tipo charol, mientras que ater se refiere al negro opaco, mate. De esta última vienen las palabras atroz y atrocidad para referirse a cosas terribles. No hay que dejar que los guok lo descubran o empezarán a decir que usar tales palabras son racistas también…


Ash, ya me desahogué y espero haber contribuido un poco a la reducción de nuestra estupidez colectiva. En fin, que todo esto ha sido para decir que, aunque nos caiga mal, la gente de la CdMx tiene todo el derecho del mundo a llamar quesadilla a cosas que no llevan queso. U.U



¡Más curiosidades!


Rival viene de rivus = “río”. En tiempos antiguos los ríos separaban los territorios de una tribu de los de las otras, que a menudo eran sus enemigas, o al menos sus competidoras. Pero nadie vendría a decirte “no puede ser tu rival porque no vive del otro lado del río”.


Cíclope viene de kyklos = “círculo” y ops = “ojo”, porque los cíclopes eran gigantes con un solo ojo redondo en medio de la frente. Por ellos nació el adjetivo ciclópeo que significa “colosal, gigantesco”, y no tiene nada que ver con los ojos o los círculos, sino con el tamaño.


Se sabe que salario viene de sal, aunque no se sabe exactamente cómo se relacionan. Hay muchas especulaciones al respecto, pero nada comprobado (¿Se les pagaba a los soldados romanos en parte con sal? ¿O era a los esclavos? ¿O se les daba dinero para comprar sal?). El caso es que sería absurdo decir que si no te pagan en sal, entonces no es salario.


FIN


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