La ultraderecha que habla en castellano - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 17 de septiembre de 2021

La ultraderecha que habla en castellano


En agosto de este 2021 WikiLeaks, en asociación con cuatro medios de comunicación, reveló la existencia de una red de financiamiento y apoyo entre organizaciones de extrema derecha, que incluye a miembros del partido político español Vox y del mexicano Partido Acción Nacional, así como organizaciones en ambos países: Hazte Oír (HO), Yo Influyo, Citizen Go (CG) y Red Familia. Todas se relacionan de una forma u otra con la secta ultracatólica El Yunque y cuentan con el financiamiento de personas adineradas de México y España.

 

WikiLeaks y sus medios aliados han titulado a este caso “la red de la intolerancia”. Red, porque no se trata de organizaciones aisladas que coincidan en la ideología por casualidad, sino de toda una estructura internacional con presencia en 50 países, que une a distintas organizaciones que tienen los mismos objetivos, intercambian información y estrategias, reciben financiamiento de las mismas entidades y en muchas ocasiones comparten miembros.

 

Reporta Sin Embargo:

 

‘Mientras que en México el principal aliado político tanto de El Yunque como de HO y CG es el PAN, en España es el ultraderechista Vox, luego de que hubieran roto con el Partido Popular (PP). Los documentos dados a conocer por Wikileaks revelan una estrecha alianza de personajes españoles y mexicanos que han hecho crecer a HO y CG. Los integrantes de estas organizaciones se asumen “cruzados” en una “guerra cultural” contra el progresismo.’

 


Y más adelante:

 

‘CG y HO son organizaciones que abiertamente trabajan en un “modelo de multitudes”, como señalan sus documentos internos. Es decir, sus actividades se concentran principalmente en colocar entre la población una agenda ultrarreligiosa: antiabortista, contraria al matrimonio igualitario, contra la eutanasia y, a menudo, xenófoba y de nacionalismo exacerbado. Además, aspiran a hacer cumplir lo que consideran preceptos cristianos en todos los ámbitos de la vida e imponerlos a toda la sociedad contra cualquier forma de secularismo y laicismo.’

 

Por su parte, Contralínea nos dice de El Yunque:

 

‘En España, la asociación secreta de origen mexicano basa su estructura orgánica en células independientes; sus miembros usan seudónimos y espían a sacerdotes, obispos y movimientos, a los cuales infiltran; usan los métodos del “choque de carneros”, el conflicto, la polarización, la “contraguerrilla” y las amenazas. Su objetivo: alcanzar el poder político para “instaurar el Reino de Cristo en la tierra”’

 

Y también:

 

‘Aunado a ello, miembros del grupo político Yunque se infiltran en órganos directivos de asociaciones y organizaciones “que luchan por la vida, por la familia o por la libertad de educación”, movimientos eclesiales, en distintos medios de comunicación y en grupos políticos, y “lo han intentado en diversos movimientos y en plataformas dirigidas por laicos cristianos, para desde ahí influir en la sociedad”. A través del secretismo también se infiltran entre gente de la Iglesia.

 

“Durante años, los miembros del Yunque en España han trabajado utilizando la energía de la gente que trabajaba con ellos sin que éstos supieran su pertenencia a la organización ‘reservada’ e ignorando sus segundas intenciones”, señalaba el exyunquista y reconocido ultraconservador.’

 


Apenas unas semanas después de estas revelaciones, en septiembre de 2021 un grupo de 14 senadores mexicanos pertenecientes al PAN tuvieron una muy publicitada reunión con Santiago Abascal, fundador y líder de Vox, para firmar la Carta de Madrid, un “compromiso contra el comunismo impulsado por el Foro de Sao Paulo”. Bueno, pero ¿cuál comunismo? Ya hemos hablado de esto, y sabemos que en México el gobierno relativamente izquierdista que es la 4T está muy lejos del comunismo, y que llamar “comunista” al Peje es de gente ignorante que no sabe ni papa. Entonces, ¿de qué se trata?

 

Bueno, si algo hemos aprendido de las estrategias discursivas de la extrema derecha es que utilizan el ardid del “pánico rojo”. Consiste en lo siguiente: partiendo de que el comunismo significa miseria y tiranía, hacer creer a la gente despistada que ese peligro está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo? Pues encarnado en cosas como el feminismo, los derechos LGBTQ+, el antirracismo, la inmigración, la lucha contra el cambio climático, etcétera. O sea, se trata de hacer creer que cualquier cosa que se relacione con la izquierda o el progresismo, aunque sea de lo más tibio y moderado, es un paso más del comunismo para invadir nuestras vidas y países. Así, una organización de derechas puede atacar los derechos grupos vulnerables como las mujeres y las personas LGBTQ+, y hacer de cuenta que no lo hace por intolerante, sino por estar preservando la libertad de las garras del comunismo.

 


Si han seguido mi cobertura del auge de la ultraderecha en nuestros tiempos, y en particular la derecha religiosa, nada de esto les tomará por sorpresa.

 

En enero de 2019 unas amistades me invitaron a colaborar en Plumas Atómicas con un artículo sobre Vox. Ya que quiero tener todos mis textos en este sitio, como parte de la serie El Invierno Fascista, y además hacía falta actualizar la info, a continuación les pego el artículo que se publicó en ese entonces, que sirve un poco para entender más acerca de Vox:

 

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VOX: LA VOZ DEL ODIO 


El año era 2017; en diversos países de Europa, partidos políticos de derecha y extrema derecha ganaban elecciones y accedían a puestos de gobierno con discursos demagógicos dirigidos contra la Unión Europea, los migrantes y las agendas progresistas. Por ese entonces aparecieron varias piezas de opinión y análisis tratando de explicar por qué el auge de la ultraderecha no había contagiado a España (pueden ver algunos ejemplos, aquí, aquí, aquí y aquí). El problema es que a todos estos textos les faltó añadir una palabra: todavía.

 

Esta nueva ola de fuerzas políticas de ultraderecha difiere incluso de los partidos políticos conservadores a los que nos habíamos acostumbrado. Su discurso violentamente reaccionario y sus posturas oscilan entre la demagogia y el fascismo descarado, con todo y la apología de las dictaduras del pasado, el negacionismo del Holocausto y la atribución de todos los males del mundo a una “conspiración globalista” (es decir, judía).

 

Se alimentan del descontento de la población, causado por la recesión del 2008 y la pérdida de legitimidad de las instituciones políticas tradicionales, que son vistas como corruptas e incapaces de resolver los problemas de la gente común. Satanizan a los inmigrantes, al feminismo, los colectivos LGBTQ+ y generan discursos de pánico contra todo el progreso social de las últimas décadas, etiquetado con nombres que no significan nada, como “ideología de género” o “marxismo cultural”. En fin, el fenómeno es complejísimo y tiene raíces económicas, políticas y socioculturales.



Las noticias de dos nuevos grandes triunfos de la ultraderecha sacudieron al mundo durante el pasado 2018: el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil y la victoria electoral de Vox en Andalucía, España. El exmilitar, ahora presidente del país carioca, ha acaparado los espacios noticiosos, y no es para menos, teniendo en cuenta que de entre los líderes de fascistoides surgidos los últimos años, él es quien gobierna sobre una mayor población. Pero el caso de Vox no es para perder de vista.

 

Registrado por primera vez en 2013, Vox ha ido sumando a sus filas a miembros de la “derecha desencantada”, aquellos para quienes que el conservador Partido Popular (PP) no tenía una línea suficientemente dura. Bajo el liderazgo de Santiago Abascal (nacido en 1976), ha tenido contacto con otros partidos populistas de extrema derecha del viejo continente.

 

Después de años de posicionarse lentamente, el pasado mes de diciembre Vox obtuvo su primera victoria electoral, en Andalucía, donde conquistó 12 escaños en el parlamento gracias al 11% de los votos, convirtiéndose así en el primer partido de ultraderecha en llegar al poder en España. Para formar mayoría en el parlamento andaluz, el viejo PP se alió con Vox, siguiendo otra tendencia internacional: los partidos conservadores desdibujan cada vez más la línea que los separa de las agrupaciones de ultraderecha. Es línea es la decencia básica, diría yo.

 


Además de querer defender tradiciones “sagradas” españolas, como la tauromaquia y la cacería, (con ese chauvinismo cultural de defender “lo nuestro” sólo porque es nuestro), y de dirigirse contra las diversas nacionalidades que conforman España, dos puntos han sido los que Vox ha insistido más: la Ley de Memoria Histórica y la Ley de Violencia de Género.

 

La Ley de Memoria Histórica tiene el objetivo de reconocer, y si es posible compensar, a las víctimas del régimen dictatorial de Francisco Franco, que gobernó España entre 1939 y 1975, tras hacerse con el poder gracias al apoyo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Andalucía fue una región especialmente golpeada por el terrorismo franquista, que mató a 50 mil personas, de las cuales muchas siguen enterradas en cientos de fosas comunes.

 

La ley hace énfasis en encontrar las fosas, permitir que las familias sepulten a sus seres queridos, y reconocer la opresión de las mujeres y las personas LGBTTQ+ durante la dictadura; incluye la enseñanza sobre los crímenes del franquismo en los programas educativos y prohíbe el uso de símbolos franquistas y fascistas. Vox quiere echar todo eso para atrás, con el pretexto de que es una ley “totalitaria” que favorece a una “izquierda rencorosa”.

 


Con respecto a la Ley de Violencia de Género, Vox pretende quitar todo rastro que conceptualice el género como un factor importante en los casos de violencia. Con el viejo “toda violencia es mala” y “los hombres también sufren”, o sea, la clase de argumentos de cualquier cuñado básico, quieren reducirla a una “ley de violencia intrafamiliar” que no haga mención del género como componente fundamental de la misma.


La agenda antifeminista de Vox incluye perseguir criminalmente las denuncias falsas por violación, quitar al aborto de entre los servicios de salud pública, retirar la equidad de géneros en las listas de los partidos políticos, terminar con la subvención gubernamental a organizaciones que están a favor de los derechos de la mujer y garantizar la educación segregada por sexos (niños por un lado, niñas por el otro).

 

La estrategia de Vox es copiada al calque de las de otras agrupaciones de extrema derecha. Obviamente, nadie va a ganar unas elecciones prometiendo meter a todos los inmigrantes en cámaras de gas. En cambio, buscan primero victorias parciales, simbólicas. Esconden su discurso xenófobo y racista tras políticas concretas cuyo fin es “proteger las fronteras” o “defender a los ciudadanos nacionales”. Usan la vieja confiable “ellos son los verdaderos fascistas” contra los colectivos feministas, LGBTTQ+ o antirracistas, y tachan de “totalitarias” a cualquier medida encaminada a la protección de estos grupos históricamente vulnerables.

 


Algunos expertos han señalado que no puede considerarse a Vox como fascista porque, aunque su credo sea de lo más odioso, su forma de obtener el poder ha sido de acuerdo a las normas democráticas, que no han dado visos de querer derogar para establecer una dictadura militar. Sin embargo, como bien señala esta pieza de opinión, ello implica adoptar una definición muy miope de lo que es el fascismo, pues lo reduce a qué tanto respeta las instituciones de la democracia liberal, dejando de lado los valores y discursos que promueve.

 

Si un grupo admira a los viejos fascistas, si adopta sus símbolos y su discurso, si pretende atacar a los mismos colectivos que fueron sus víctimas, ¿cómo no se les va a llamar fascistas? Fascistas tímidos, pacientes, de a poquito, si se quiere, pero fachos al fin y al cabo.

 

Así que… ¿eso qué nos importa en México? Bueno, pues que esto es un fenómeno internacional, de tal envergadura que, si la humanidad no se extingue en el próximo medio siglo, es algo de lo que van a hablar quienes estudien la historia de esta etapa. Es decir, no podemos asumir que esta oleada que está afectando a todo el mundo no va a terminar cayendo sobre México, sólo porque actualmente contamos con un gobierno de izquierda moderada. Hemos de estar alerta y prepararnos ante cualquier señal de su posible surgimiento, y no esperar que nos tome por sorpresa.

  


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Agrego que desde que escribí los párrafos anteriores el partido ha ido creciendo y conquistando puestos de poder. En 2019 logró entrar con 10 diputados en el congreso autonómico de Valencia; metió 24 diputados al congreso nacional español en las elecciones de abril y 52 en las de noviembre; y además cuatro eurodiputados en el Parlamento Europeo. En este último hizo alianza con otros partidos europeos de extrema derecha, con lo que pasó a formar parte del Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos. También hay que añadir que Vox al final rompió con el PP.

 

Por supuesto, desde entonces se ha revelado más acerca de Vox y su política frente al cambio climático, al cual definen como “tomadura de pelo” y “estafa” en la que no piensan “malgastar dinero”. Esto sigue el guion de la mayoría de las organizaciones de extrema derecha, que niegan la verdad de la crisis climática que estamos viviendo porque las medidas necesarias para enfrentarla afectarían los intereses corporativos que quieren proteger y las políticas de liberalismo económico total que quieren implementar. La gente y el planeta, que se jodan.

 

Como en todos los casos en los que grupos de extrema derecha se empoderan en una sociedad, en España el auge de Vox ha correspondido con un aumento de los crímenes de odio (aquí y aquí), en particular contra la comunidad LGBTQ+. El discurso de odio promovido por Vox funciona como una suerte de “terrorismo estocástico”; no mandan a nadie directamente a violentar a ninguna persona en específico, pero se la pasan diciendo que tal grupo de personas es un problema, una amenaza existencial para la patria o la raza, y esperan a que alguien lo suficientemente encabronado dé el paso que hacía falta. Luego pueden negar toda responsabilidad y hasta decir “no, nosotros no somos ni racistas ni homofóbicos”.

 


Caray, si lo anterior no deja en claro que estamos ante gente muy mala, no queda mucho más por decir. Mateo Ballester Rodríguez, catedrático de la Universidad Complutense, dijo en La Jornada:

 

‘El discurso histórico de Vox es un instrumento central para su retórica de reacción cultural, que también caracteriza a muchos otros partidos de la nueva derecha radical; el partido Vox no construye un nuevo relato histórico nacional, sino que básicamente recupera elementos del relato historiográfico conservador decimonónico, que es a grandes rasgos también el que se impuso en la España del franquismo.

 

Mediante esta reivindicación de la mentalidad e ideas del pasado, Vox apela, reforzándola, a una poderosa tendencia social de resentimiento cultural y rechazo al cambio de valores, que se atribuye a un progresismo culturalmente hegemónico. Vox ha hecho de la historia, en mucha mayor medida que los demás partidos políticos españoles, un instrumento central de su discurso político, tanto para proyectar sus valores, actitudes y proyectos, como para ofrecer una visión estigmatizadora de ciertas comunidades culturales y denigrante de sus adversarios políticos.’

 


A su vez, el encuentro entre los panistas y Abascal ha provocado una controversia interna en el partido. Si bien éste ha sido siempre conservador y ha tenido sus facciones reaccionarias, la cara más visible ha tratado en los últimos años de construirse una imagen de “derecha moderna”, democrática y por los derechos humanos. Algunas de las figuras más señeras y visibles del PAN se deslindaron y repudiaron el encuentro con Abascal.

 

Eso ha provocado que algunos derechistas que ponían su confianza en el PAN lo denunciaran por ser “demasiado tibio” y cobarde ante “la extrema izquierda” que supuestamente representa Amlo, en vez de aliarse con Vox como debería. El argentino Agustín Laje, una de las figuras más ruidosas de la derecha internacional más analfabeta y oscurantista, acusó que “el PAN está infiltrado por izquierdistas”. No hay falsedad, por más absurda que sea, de la que esta gente se refrene, porque siempre tendrán gente lo suficientemente fanática e ignorante para creerles.

 

Es que ya hemos visto esta película antes: el ala más reaccionaria de la derecha de un país se encuentra con que el conservadurismo de siempre no es lo suficientemente agresivo; en cambio, descubre en una nueva organización, o en un movimiento al interior del partido de siempre, el camino que había estado esperando. Esta agrupación parece en un principio demasiado marginal, con ideas demasiado ser escandalosas para tomarse en serio. Pero de pronto se vuelve increíblemente popular. Al final el movimiento termina tomando el control del partido conservador, como sucedió con el trumpismo en Estados Unidos, o que la nueva organización supera a los partidos de siempre. De cualquier forma, el resultado es el mismo: la ultraderecha termina conquistando el poder y la gente sufre.

 


¿Es posible que pase esto en México? Desde que el fenómeno empezó a darse en diferentes países del mundo, he estado al pendiente de lo que pasa en el nuestro, con el temor de que surja aquí un Bolsonaro o un Vox. ¿Cómo sucedería? ¿Surgiría de las filas del PAN o de algún partido nuevo como intentó serlo el PES? ¿Sería un personaje estrafalario como El Bronco? ¿El Frente Nacional por la Familia vivirá para construir ese escenario, o desaparecerá en el ridículo y la irrelevancia, como hizo FRENA? No es posible saberlo. Viri Ríos, en una columna de El País, escribe:

 

‘Si bien López Obrador y su partido son ideológicamente lejanos al comunismo, discursivamente sí son un partido de izquierda que llama a poner primero a los pobres y a terminar con “la larga noche neoliberal”. En el terreno de lo narrativo, López Obrador se considera una antítesis de Vox y al conservadurismo como su principal enemigo ideológico.

 

Por ahora, la fuerza política de la derecha en México todavía está contenida. El acercamiento del PAN con Vox y la firma del manifiesto son infantilismo ideológico. Las derechas mexicana y española están unidas en luchar contra un monstruo que no existe más que en su imaginario. Morena no es comunista y en muchos aspectos incluso antitéticos a las izquierdas. Su Gobierno se ha caracterizado por implementar una austeridad rampante durante la pandemia, reducir el gasto social con respecto a años anteriores, gastar menos en los más pobres y rechazar cualquier incremento en impuestos.

 

Ello no implica, sin embargo, que en el futuro cercano no podamos ver el surgimiento de una ultraderecha mexicana fuerte y mejor organizada. De surgir, muy probablemente, su lugar de gestación sería el PAN con un político populista y antiestablecimiento.’

 


No olvidemos las raíces ultraderechistas del Partido Acción Nacional, con personajes y organizaciones que simpatizaban con la Alemania Nazi. Hasta Enrique Krauze, un liberal clásico, si los hay, muy cercano a los gobiernos panistas y enemigo acérrimo de la izquierda mexicana, ha tenido en bien recordarnos que:

 

“El PAN se inspiró en Action Française, rancia derecha nacionalista y antisemita. Su alianza actual con VOX lo devuelve a ese origen detestable”.

 


Por lo menos desde 2014 se había reportado la aparición de grupos neonazis en México, coincidiendo con el auge de estas ideologías en otros lugares del mundo. Como en otros páises, estos jóvenes extremistas tienen una presencia sobre todo en línea, pero también han brincado a la calle. De nuevo Contralínea advierte de vinculaciones de estos grupos con Acción Nacional:


‘En la entidad [Nuevo León] destaca el llamado Grupo San Nicolás, formado por ilustres panistas, como Zeferino Salgado, exalcalde y actual militante del PAN a quien llaman el Führer, como se conoce popularmente a Adolfo Hitler.

 

En reuniones secretas, integrantes del PAN sostienen una ideología basada en la pureza racial, el odio a judíos, masones, homosexuales o comunistas. Entre sus muy diversos objetivos se encuentra la esterilización de los indígenas y la supremacía de una doctrina de clase dominante sobre los “débiles”.


Hace unos meses fue creada la Hermandad Algiz, un grupo supuestamente neonazi que opera en San Nicolás de los Garza y otros municipios del área metropolitana, promueve el nacionalsocialismo, distribuye y pega panfletos contra homosexuales y comunistas bajo la apariencia de defender valores universales: “Nos regimos por el honor, orgullo y lealtad. Sólo hay tres cosas que cada n.s. [nacionalsocialista] y ciudadano deben saber: amar a tu país, valorar tu trabajo y valorar y amar a tu familia. Queremos un México sano y puro para las próximas generaciones. Es tiempo de despertar, nuestro país nos necesita” (sic), dice uno de los volantes ilustrado con símbolos nazis.’



Por lo pronto, en nuestro país han tenido lugar dos acontecimientos recientes a favor del progreso y que han hecho sulfurar a la reacción: la aprobación del matrimonio igualitario en Yucatán, y la determinación por parte de la Suprema Corte de Justicia de que la criminalización del aborto y “la protección de la vida desde su concepción” son ambas inconstitucionales. Esperemos un futuro con más avances como éstos y menos reaccionarios intentando llevarnos de regreso a las décadas más oscuras del siglo pasado.



Este texto forma parte de la serie Crónica de un Invierno Fascista (y de la Resistencia), sobre el auge de la ultraderecha en el mundo y las formas de combatirla. Otros textos incluyen:

4 comentarios:

Ognimod dijo...

Me gustaría denunciar que en Venezuela se están dando los primeros pasos de algo similar. Se están formando desde hace poco tiempo -unos cuantos años; quizás a más tardar desde 2019- grupos de ultranacionalistas venezolanos que son adoradores de Marcos Pérez Jiménez, un dictador ultranacionalista de los años '50. Algunos son, simultáneamente, adoradores de Renny Otolina, un presentador de televisión al que consideran su prototipo de liberalista económico. Por lo menos un grupo se hace llamar "ORDEN"; no sé cómo se llaman los demás. Los entrevistan en la radio y todo, donde dicen cosas como "ni de izquierda ni de derecha" o "la democracia resultó ser una mentira" sin que se les vuele un pelo, aparte de todas las mismas barbaridades sobre el feminismo, la "ideología de género", los "valores occidentales tradicionales", los "progres", y todo lo demás. Y los entrevistadores hace años que cayeron en la trampa de creer "hay que dejar que hablen los nazis, no seas malito".

Hasta tienen youtubers y twitteros, como John Patrick Acquaviva, Juan Carlos Sosa Azpúrua, uno de apellidos García Banchs... que son los que recuerdo ahora mismo.

Quienes los han denunciado, por razones que desconozco, han sido otros derechistas, como "Sifrizuela" o Alejandro Armas. En público se viven tirando palos por Twitter o haciendo videos de YouTube DESTRUYENDO AL PROGRE CON DATOS o lo que sea... pero algo me dice que en privado son amigos del alma; no en vano tienen un objetivo común que es "destruir el comunismo".

Pásalo...

Maik Civeira dijo...

En la torre, y Venezuela es precisamente el terreno perfecto para eso, después de los problemas que ha dejado el chavismo :/

Ognimod dijo...

Mi mayor temor no es que el chavismo nunca desaparezca -lo cual es mi segundo mayor temor-, sino que después de él vengan ésos. Los venezolanos entienden menos de política que los norteamericanos, y los neoperezjimenistas los tendrían comiéndoles de la mano. Ya hay venezolanos de a pie que veneran a Trump como un mesías del anti-izquierdismo y lo proclaman "salvador de la humanidad".

Pregunta: ¿tienes algún e-mail? Yo ya de Twitter nada...

Martín dijo...

El comentario de Ognimod me hizo recordar como durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos fueron precisamente los migrantes venezolanos y cubanos los principales partidarios latinos de Trump, y los republicanos de Florida no dudaron en usar el viejo truco de «nuestro contendiente es comunista» tal y como dice Ego aquí.