Los héroes antes de los superhéroes. Parte I - Ego Sum Qui Sum

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sábado, 24 de septiembre de 2022

Los héroes antes de los superhéroes. Parte I


HÉROES ANTES QUE SÚPER


Esto es algo que todo escolapio que haya leído cómics de superhéroes por algún tiempo sabe (o debería saber): todo inició en 1938 con la primera aparición de Superman en Action Comics #1. Después de eso vino un torrente de imitaciones y variaciones del concepto: Batman, la Mujer Maravilla, Linterna Verde, Capitán América, Flash… Las viñetas se llenaron de personajes superpoderosos con trajes coloridos teniendo aventuras espectaculares, que no tardarían el dar el salto a otros medios como el cine, los dibujos animados, la radio y, un tanto después, la televisión. Y hoy en día los tenemos hasta en la sopa, y estamos ya un poco hartos, la verdad.

 

Pero, ¿qué vino antes? ¿Cómo y quiénes eran los héroes antes de los superhéroes? Eso es lo que vamos a ver en esta serie, que servirá como guía e introducción a los personajes y títulos más emblemáticos que fungieron como antecedentes al superhéroe moderno. Así que… ¿por dónde comenzamos?

 

El lugar común es iniciar con las leyendas mitológicas de la Antigüedad. De hecho, la palabra héroe viene del griego, y servía para referirse a los hijos de humanos y deidades. Ya se tratase de dioses, semidioses o mortales, la mitología nos ha dejado personajes poseedores de habilidades extraordinarias, tales como superfuerza, velocidad, invulnerabilidad, vuelo, cambio de forma y previsión del futuro. Milenios más tarde, todos estos poderes formarían parte de la ficción superheroica, además de que muchos de los modernos personajes estarían basados en los héroes míticos (como Thor o Hércules en Marvel) o cuyos poderes habrían sido concedidos por los dioses (como Shazam o la Mujer Maravilla).

 


Eso no es todo. También aparecen ya en la Antigüedad debilidades específicas que anulan los poderes de personajes de otra forma invulnerables, como el talón de Aquiles o la cabellera de Sansón, prefigurando la kryptonita de Superman. A su vez encontramos armas y artefactos que permiten a quien los porta acceder a poderes extraordinarios, como el casco de invisibilidad de Ares o la maza del trueno de Thor. Algunos de esos artefactos son más de origen tecnológico que mágico, como las alas artificiales que Dédalo construye para poder volar. Son antecedentes lejanos del anillo de Linterna Verde o la armadura de Iron Man.

 

Estas historias clásicas presentan a los protagonistas realizando hazañas fabulosas, que incluyen combatir monstruos (algunos de ellos gigantescos), vencer a tiranos, viajar al Inframundo u otros reinos por lo general vedados a los mortales, o alcanzar la divinidad. Es decir, la clase de aventuras que los superhéroes llegarían a tener. Incluso podemos encontrar un antecedente de la Liga de la Justicia en la antigua Grecia: los Argonautas. Para tripular la nave Argos y acompañarlo a buscar el vellocino de oro, Jasón reclutó a un equipo de héroes, todos ya famosos por sus propias hazañas previas, entre los que se incluye a Hércules, Pólux, Cástor, Orfeo y, como no podía faltar una mujer, Atalanta.

 


Los héroes de la mitología pagana dieron lugar a los santos y caballeros de la cristiandad medieval. Sus aventuras eran menos hiperbólicas; después de todo, ahora Dios era uno solo, y todo poder manaba de Él. Eso sí, en cuanto a su moralidad, están más cercanos a nuestro concepto de heroísmo. Los antiguos héroes buscaban la gloria, el honor, el poder o un lugar entre los dioses inmortales. El cristianismo, en cambio, introdujo la idea de un conflicto eterno entre las fuerzas del bien y las del mal. El héroe no sólo requiere ser un buen peleador, sino un devoto cristiano y tener un estricto código moral. Los caballeros de la Mesa Redonda son otro antecedente de la Liga de la Justicia, y un héroe como Robin Hood es el arquetipo del justiciero que está fuera de la ley y contra la autoridad.

 

Sería muy interesante desarrollar los puntos hasta aquí mencionados, pero entonces la historia nos quedaría muy larga y ahora no tengo ganas de hacer antropología cultural (porque tampoco podría, vamos). Por tanto, es mejor que pasemos directamente a tiempos mucho más recientes. En concreto, a una de las épocas en las que se iniciaron un montón de tendencias culturales que siguen hasta ahora y ni nos imaginamos sus orígenes. Así es: estoy hablando de la Era Victoriana.

 

SUPERHOMBRES VICTORIANOS

 


Probablemente la primera expresión de una cultura de masas fue la literatura popular, ya que también fue la imprenta la primera tecnología que permitió la reproducción a escala industrial de una creación artística. En el siglo XIX las novelas de folletines, que se publicaban por entregas en periódicos y revistas, fueron el verdadero inicio de la narrativa serializada, que tiempo después se perfeccionaría en los cómics. Muchos autores que hoy se consideran canónicos de la literatura occidental conocieron el éxito en los folletines, como Charles Dickens, Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

 

La revolución industrial requería de trabajadores que superan leer y escribir; eso llevó a una expansión de la educación pública, y con ello a un nuevo y amplio mercado de clases trabajadoras recién alfabetizadas. Por esas mismas décadas, los penny dreadfuls en Inglaterra y las dime novels en Estados Unidos fueron publicaciones periódicas muy económicas, precisamente dirigidas a ese nuevo público. Por lo general presentaban narraciones de ínfima calidad literaria, que apelaban al morbo y sensacionalismo con historias de horror, violencia y sexo.

 

Fue en estas páginas, antecedente directo de las revistas pulp, así como en folletines de mayor prestigio, donde comenzaron a tomar forma algunos de los géneros y subgéneros narrativos que después alcanzarían gran fama en los cómics, así como el tipo de personajes, aventuras y escenarios que hasta la fecha caracterizan a la ficción superheroica. Por ejemplo…

 


Edmond Dantés, el protagonista de El Conde de Montecristo (1844), creado por Alejandro Dumas, es nuestro obligatorio punto de partida. Puesto en prisión injustamente, se educa con un sabio mentor, un eclesiástico con el que comparte el presidio. El joven ingenuo se convierte en un brillante estratega, un maestro del engaño, un espadachín consumado y acumula una vasta, vasta, vasta fortuna… Vasta. Todo con el motivo de ejercer venganza contra quienes le hicieron daño. Hmmm… Entrenado para alcanzar la perfección física e intelectual y así poder hacer justicia… Me suena, me suena… Dantés está a medio camino entre lo heroico y lo monstruoso, sirviendo como antecedente tanto de héroes como antihéroes y villanos. Definitivamente, es el superhombre decimonónico por excelencia.

 

Rocambole es uno de los primeros personajes literarios que tuvo un montón de aventuras extravagantes a lo largo de una extensa carrera. Creado por el francés Pierre Alexis Ponson du Terrail en 1857, inició como un joven pérfido inmiscuido en tramas de crimen, venganza y herencias. Sus primeras historias lo volvieron muy popular, y para la cuarta novela tiene un arco de redención y se convierte en un héroe hecho y derecho. Sus posteriores novelas lo llevarían a tener muchas aventuras, enfrentarse a malvados enemigos y hacer equipo con otros aliados de habilidades extraordinarias.

 


Rocambole también fue el primero de los “caballeros ladrones”, que roban sólo a quien lo merece y que además siempre deja una prenda como firma de sus actos (en su caso, un naipe). Estos tropos luego serían desarrollados por otros héroes y antihéroes, tales como A.J. Raffles (1898) y Arséne Lupin (1905). Rocambole gozó de una inusitada popularidad en América Latina, y hasta apareció como superhéroe en toda regla en una película mexicana de 1946.

 

Ya que hemos mencionado ladrones, la ficción de crímenes y detectives toma forma con Los asesinatos de la calle Morgue (1841) de Edgar Allan Poe. Las historias de las atrocidades cometidas por pandillas criminales, y de la diligencia de brillantes policías por detenerlas, serían muy populares a lo largo del siglo, y no han dejado de serlo hasta la fecha. Tanto los héroes del pulp como los superhéroes del cómic por lo general combaten el crimen, y muchos de ellos tienen sus raíces en la ficción policiaca, en ambientes urbanos y a menudo sórdidos.

 


Las historias de Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle, empezando por Un estudio en escarlata (1887), terminarían por configurar el género, y su protagonista es todo un superhombre: brillante hasta la genialidad, y con un código moral inquebrantable, es al mismo tiempo excéntrico; científico, boxeador, espadachín y tirador, pone sus talentos al servicio de la justicia. Es curioso, esta combinación específica de habilidades me suena, me suena… Su archinémesis, el profesor James Moriarty, aparecido por primera vez en El problema final (1893) es probablemente el primer supervillano en forma; apodado “el Napoleón del crimen” es un genio maligno que mueve los hilos desde las sombras.

 

Menos conocido que Holmes hoy en día, pero casi tan influyente, fue el detective Nick Carter, quien debutó en 1886 en la revista New York Weekley. Carter no sólo era un genio, sino un hombre de fortaleza y estatura extraordinarias. Pero no es sólo Carter en sí, sino su trayectoria literaria, lo que anuncia el futuro próximo: fue comisionado por la empresa editorial, y era ésta la que tenía los derechos del personaje, no su creador, ni los múltiples escritores que trabajaron con él por un sueldo. Nick Carter sobrevivió al siglo XIX y fue también una estrella de pulp en las primeras décadas de la siguiente centuria, llegando a tener su propia revista y a compartir los estanquillos con otros héroes muy posteriores. Por supuesto, también hizo el salto al cine y la radio.

 


El horror gótico se desarrolló a lo largo del siglo XIX con obras como Frankenstein (1818), Varney el Vampiro (1845) o El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde (1886). El horror sería uno de los géneros más populares del pulp, y más tarde del cómic. Por supuesto, en el mundo de los superhéroes hay también muchos monstruos tomados directamente de este género, así como personajes basados en ellos. De aquí surge el científico loco, uno de los antagonistas arquetípicos de los pulps y cómics.

 

En 1886 apareció un opúsculo que se ubica justo entre el horror gótico y la ficción policiaca: Spring-heeled Jack. Inspirado en una leyenda urbana londinense, este penny dreadful presenta a un aristócrata que se disfraza como demonio y acecha por los callejones sembrando el terror en el corazón de sus enemigos, con ayuda de artilugios que le permiten aparentar poderes sobrenaturales…. Hmm, esto como que me suena, me suena… Ya que se trataba de un personaje del folclor, muchas publicaciones pudieron trabajar con él a lo largo de la época. Al principio Jack fue presentado como un villano, pero se fue volviendo más y más popular, y para inicios del siglo XX ya se había convertido en un justiciero y defensor de los inocentes.

 


Una parada obligatoria es el conde no-muerto titular de Drácula (1897) otra prefiguración del arquetipo del supervillano. Además de ser una entidad maligna que opera principalmente detrás de las sombras, Drácula posee auténticos poderes sobrenaturales, incluyendo gran fuerza, control mental y transformación. No es de extrañarse que el mismo Conde ha hecho repetidamente el rol de antagonista para los superhéroes de Marvel y DC.

 

La Era Victoriana es la época dorada del colonialismo europeo en África, Asia y Oceanía. Mientras los imperios coloniales destruían culturas y masacraban pueblos, los escritores ideaban heroicas aventuras en escenarios exóticos. En 1885 debutó Allan Quatermain, protagonista de Las minas del rey Salomón, de H. Rider Haggard, el arquetipo de cazador blanco en el África salvaje. Sus aventuras, extraordinarias sin llegar a ser fantásticas, se convertirían en modelo a seguir para muchos escritores. Con estas historias, Haggard contribuyó a darle forma a dos subgéneros que después serían muy populares en el pulp y el cómic. Uno, el de mundos perdidos, en los que los exploradores encuentran lugares y sociedades enteras que habían permanecido aisladas del resto del mundo. Dos, el de la jungle opera, que imagina las selvas tropicales como sitios propicios para las aventuras más estrambóticas, y del que el mejor ejemplo serían las aventuras de Tarzán (1912).

 


A estos mundos perdidos nada más le hacían falta dinosaurios, pero de eso ya se había encargado Julio Verne en 1864 con Viaje al centro de la Tierra, en donde nuestros audaces exploradores encuentran criaturas prehistóricas en un mundo subterráneo. Arthur Conan Doyle terminaría de darle forma este subgénero con El mundo perdido (1912), sobre dinosaurios que sobreviven en una meseta selvática en Sudamérica. Este escenario también sería inmensamente popular en los pulps y cómics, y es curioso que tanto Marvel como DC tienen sus respectivas “tierras de dinosaurios”.

 

Hablando de lo cual, la ciencia ficción es otra de las fuentes de la que beben los cómics de superhéroes. Aparte de antecedentes de otras eras, el género despega en el siglo XIX con las obras de Mary Shelley y Edgar Allan Poe, y se consolida con los trabajos de Verne y H.G. Wells. El primero nos da dos antecedentes del supervillano con armas tecnológicas de gran poder destructivo que usa para amenazar a las naciones del mundo. Por un lado, está el Capitán Nemo de Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), más bien un antihéroe complejo con todos de gris y un sentido estricto del honor. Por el otro, está el personaje titular de Robur el Conquistador (1886), una suerte de Nemo, pero con un navío de guerra volador en vez de un submarino.

 


Los superhéroes suelen tener estrechas relaciones con los seres del espacio; pueden ser sus aliados, enemigos o el origen de sus poderes, o ellos mismos pueden ser extraterrestres. Desde tiempos inmemoriales hemos tenido historias de viajes a otros mundos o de visitantes que llegan del espacio, pero fue en el siglo XIX en donde empezó a distinguirse cierta fórmula. Quizá el primer ejemplo del subgénero planetary romance, en la que un gallardo héroe terrestre viaja a otros mundos para tener aventuras exóticas y ganarse el amor de hermosas princesas alienígenas, es Journey to Mars (1894), de Gustavus W. Pope. El género sería consolidado por las novelas de John Carter de Marte (1912), creación de Edgar Rice Burroughs. Por su parte, H.G. Wells nos dio la primera historia de invasión extraterrestre y guerra interplanetaria en la influyentísima La guerra de los mundos (1898).


¡Cáspita! Estaba cometiendo una terrible omisión al no hablar de los western, las historias de vaqueros ambientadas en el Salvaje Oeste. Esta subgénero se desarrolló en las dime novels americanas, partiendo de versiones exageradas y altamente ficcionalizadas de las hazañas de bandidos, exploradores o justicieros de los territorios fronterizos, como Davey Crockett, Buffalo Bill o Jesse James. Pronto aparecieron también personajes ficticios que se volvieron muy populares. Tanto bandoleros como vigilantes extralegales podían usar máscaras para ocultar su identidad, y esto ocurrió tanto en las novelitas de vaqueros como en la vida real. No es de extrañarnos que algunos proto-superhéroes surgieran de entre estas páginas, como veremos en la próxima entrada.

 


Nuestra última parada de hoy nos lleva un par de años después de la muerte de la reina Victoria, a 1903, en que la Baronesa de Orczy estrenó su obra de teatro Pimpinela Escarlata, con tanto éxito que después la retrabajaría en forma de novela dos años más tarde, para cosechar todavía una mayor popularidad. Se trata de una novela de aventuras de capa y espada ambientada durante la Revolución Francesa, lo cual no tendría nada de extraordinario de no ser por su protagonista. Sir Percy Blakeney es un joven aristócrata fatuo y bueno para nada, que en secreto asume la identidad de Pimpinela Escarlata, un justiciero enmascarado que rescata a miembros de la nobleza francesa que han caído en manos del terror republicano. Esa parte no me cae bien, por mí que los guillotinen a todos. Pero lo importante es que aquí tenemos uno de los primeros, y el más influyente, caso de “hábil héroe que finge ser un ricachón inútil” que, no sé ustedes, pero a mí me suena, me suena… De nuevo, tenemos a un experto espadachín, brillante estratega, maestro del disfraz y hábil escapista, y como otros personajes, deja una prenda a manera de firma, en este caso, una tarjeta con la imagen de una flor, la titular pimpinela escarlata.


En mi opinión es en el siglo XIX en donde empieza a desarrollarse los antecedentes más directos de lo que llegaríamos a conocer como los superhéroes. No de a gratis Alan Moore escogió personajes de la literatura victoriana para crear su serie de la Liga Extraordinaria; es que esta época es el punto de partida más claro. Eso sí, las habilidades de estos personajes estaban lejos de las de un Hércules o Sansón. Pero poco a poco tanto los héroes como sus aventuras se irían volviendo más y más hiperbólicos, hasta regresar a niveles míticos con personajes como Superman. Seguiremos explorando esta evolución en el siguiente capítulo.



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