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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 9 de septiembre de 2022

¿Tolkien habría sido progre?

Esta entrada está dedicada a mi amiga Gogo (chequen sus macetas)


I
¡No pasarás!


Saludos, visitantes de la Tierra Media. El día de hoy vengo a contarles una historia muy bonita. Corría el año de 1938 y el mundo estaba a punto de sumirse en la barbarie. Hitler y Mussolini gobernaban sus respectivos países con puño de hierro y se preparaban para llevar guerra y destrucción por toda Europa, mientras el Imperio Japonés cometía atroces masacres en la milenaria China.

 

En ese entonces, John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973), escritor sudafricano, profesor de Oxford y veterano de la Primera Guerra Mundial, acababa de publicar su primera novela ambientada en el fantástico mundo de Arda: El Hobbit. Con esa pieza fundacional de la alta fantasía heroica, Tolkien alcanzó la fama, aunque se superaría a sí mismo con su obra maestra, la trilogía de El Señor de los Anillos, publicada en 1954.

 

La popularidad de la novelita llegó a la Alemania nazi, donde una editorial quería publicarla. Sin embargo, ya que todos los judíos habían sido expulsados de la vida cultural del país, era necesario asegurarse de que Tolkien no fuera uno. Así, la editorial alemana Rütten und Loening pidió evidencias de la “ascendencia aria” de Tolkien. Esto enojó al autor, quien le dijo a su editor que “lamentaría dar la menor impresión de que suscribe la enteramente perniciosa y pseudocientífica doctrina racial” de los nazis. La respuesta que escribió a la editorial fue, como él, elegante y contundente, una verdadera cachetada con guante blanco que ponía en ridículo las ideas fundamentales de la ideología nazi:

 

“Gracias por su misiva. Lamento que no me queda claro qué es lo que quieren decir con arisch. No soy de extracción aria; es decir, indo-irania. Hasta donde sé, ninguno de mis ancestros hablaba hindustaní, persa, cíngaro, o cualquier dialecto relacionado. Pero si he de entender que están preguntando si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamentablemente parece que no tengo ancestros de ese dotado pueblo. Mi tátara abuelo vino a Inglaterra en el siglo dieciocho desde Alemania; la mayor parte de mi ascendencia es por lo tanto puramente inglesa, y soy un súbdito inglés, lo cual debería ser suficiente. Me fue inculcado, sin embargo, el considerar mi apellido alemán con orgullo, y así lo he hecho, incluso a lo largo de la lamentable guerra reciente, en la que serví en el ejército británico. No puedo, sin embargo, abstenerme de comentar que, si preguntas impertinentes e irrelevantes de este tipo se han vuelto la norma en asuntos literarios, entonces no está muy lejos el día en el que tener un nombre alemán dejará de ser una fuente de orgullo.

 

Sus preguntas sin duda son hechas para cumplir con las leyes de su país, pero debería considerarse inapropiado aplicarlas a los súbditos de otro estado, incluso si tuviera algo que ver (y no lo tiene) con los méritos de mi trabajo o con la viabilidad de su publicación, sobre la que ustedes parecen estar satisfechos sin tener noticia de mi ascendencia.”

 

Sabiendo que por obligaciones contractuales no podía simplemente mandar al demonio un posible acuerdo de publicación de Alemania, escribió una respuesta alternativa en la que graciosamente ignoraba el asunto y dejó que su editor decidiera cuál enviar. Parece ser que éste optó por la respuesta conciliadora, pues El Hobbit sí vio la luz en Alemania, un año antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial [aquí y aquí].

 

La trilogía de El Señor de los Anillos es una de las obras literarias que más han impactado en mi vida, y lo mismo digo de su adaptación cinematográfica. Como friki antifascista, me alegró descubrir esta anécdota sobre su autor, que lo mostraba como un hombre de principios, además de un escritor absolutamente genial.

 

La obra de Tolkien exalta las tradiciones mitológicas y literarias europeas, sobre todo las germánicas y celtas. De ahí que despertara tanta admiración en los nazis originales y en grupos supremacistas hasta la fecha. Pero también es patente que Tolkien sentía un profundo desdén por el fascismo y el nazismo. En una carta a su hijo Michael escribió:

 

“Tengo en esta guerra un resentimiento ardiente y privado, que probablemente me haría un mejor soldado a los 49 de lo que fui a los 22: es contra ese pequeño vulgar e ignaro de Adolf Hitler (pues lo raro de la inspiración y el ímpetu demoniaco es que de ninguna forma aumenta la estatura intelectual; sólo afecta la voluntad), que ha arruinado, pervertido, abusado y maldecido por siempre al noble espíritu norteño, una suprema contribución a Europa, que yo siempre he amado y tratado de presentar en su verdadera luz.”

 

Tolkien había dejado de usar el adjetivo “nórdico” por considerarlo carente de valor científico y por la relación desafortunada que había entre esta palabra y la ideología nazi. Hablaba de las lenguas germánicas y de las culturas norteñas, en el sentido geográfico. Objetaba que se refirieran a su obra como algo “espiritualmente nórdico”, y señalaba que, aunque amaba el norte de Europa como su hogar ancestral, rechazaba cualquier idea de supremacía nórdica. Después de todo, Gondor corresponde con la Europa mediterránea tanto como la Comarca corresponde con Inglaterra [aquí].

 

Entonces, Tolkien repudiaba abierta y explícitamente toda conexión con la ideología del nazismo y con el supremacismo ario. Cualquier fan de la Tierra Media que coquetee con esas nefastas doctrinas debe saber que el maestro lo rechazaría con asco.

 

II
Una fiesta inesperada


Sin embargo, el asunto no acaba ahí. Las posturas políticas de Tolkien son tema de discusión desde hace décadas, pero en las últimas semanas ha estado en el centro del debate popular, a raíz del estreno de Los Anillos de Poder, una serie de streaming inspirada en su obra. Este tren del mame corre alimentado por la polémica de su reparto multirracial, con elfos, humanos y enanos de todos los colores, lo cual contrasta con las caracterizaciones anteriores, estrictamente blancas.

 

La gente se pelea en redes sobre qué opinaría el mismo Tolkien de todo esto, con posiciones encontradas que van desde “el maestro se revuelca en su tumba” hasta “si JRR viviera, con nosotres estuviera”. A mí me parece una discusión un tanto necia. ¿Realmente importa lo que pensaría Tolkien? De estar vivo, seguramente los productores de la serie le habrían explicado: “Mire señor profesor don Tolkien, los tiempos cambian y ahora ya no está bien visto hacer películas con pura gente blanca, así que tendríamos que hacer algunos ajustes…”. No sé qué habría dicho él al respecto, si lo hubiera comprendido o no. Probablemente ni siquiera consideraría el concepto de “televisión por internet” como una expresión cultural digna de su atención. De todos modos, sepan que los herederos de Tolkien aprobaron el proyecto, así que no veo qué tiene que molestarle a un montón de randos en féisbuc.

 

Ya escribí un luengo ensayo sobre la “inclusión forzada” y no quiero darle más vueltas a ese asunto. Como he dicho, una adaptación puede ser buena o mala con o sin cambios de cualquier índole. Yo ni siquiera estoy viendo la serie ahora ni pienso pagar por ella, porque chingue su madre Amazon. Ya la veré después, y si no me gusta, la puedo ignorar sin problemas, que no será capaz de arruinar una de las mejores trilogías en la historia del cine. Vamos, las películas del Hobbit son terribles, pero daño no me hacen.

 

Lo que sí resulta interesante es preguntarse ¿qué tan progresista o reaccionetas sería John Ronald Reuel en nuestros tiempos? Y la respuesta es… Es complicada. Verán, las ideas de Tolkien eran una mescolanza muy peculiar…

 

Por ejemplo, Tolkien repudiaba a Hitler y a Mussolini. Estoy casi seguro de que se espantaría de los fantoches demagogos de la ultraderecha contemporánea, palurdos vulgares carentes de todo decoro que predican el antiintelectualismo más craso. Pero Tolkien también era un católico muy devoto y cuando se enteró de que en la Guerra Civil Española el bando republicano andaba por ahí matando clérigos y saqueando iglesias, se horrorizó y acabó expresando sus simpatías por Franco, quien ultimadamente era un engendro de Hitler y Mussolini.

 

Hablando de catolicismo, aunque su teología y ética informan la creación del mundo de El Señor de los Anillos, nada hay de sermoneos ni metáforas obvias para catequizar, a diferencia de lo que hacía su amiguito C.S. “el león es Jesús” Lewis. Hay mucho de Satán en Morgoth, claro, y en la transformación de elfos en orcos hay mucho de los ángeles caídos que se convirtieron en demonios. Pero si los ángeles réprobos de Lucifer se rebelaron por su propia voluntad, los elfos fueron torturados y mutilados por la oscuridad hasta convertirse en orcos, que odian y temen al Señor Oscuro al que están obligados a servir.

 

Estos elevados conceptos de mitopoesis es lo que Tolkien tenía en mente cuando dijo: "El mal no puede crear nada nuevo, sólo arruinar o corromper lo que las fuerzas del bien han inventado o construido". Nada tiene que ver con la ridiculez de reaccionarios quejándosede gente racializada o no hetero en la cultura pop. Si cuando escuchan las palabras mal, arruinar o corromper, lo primero en lo que piensan es “negros y gays”, el problema son ustedes. Y luego tienen el descaro de negar que son racistas y homofóbicos.

 

III
Tambores en la oscuridad
 


Hablando de orcos empecemos por el asunto más espinoso: la cuestión de la raza. No podemos negar que Tolkien construyó a estos monstruos con una codificación racial más que evidente. En una de sus cartas [la 210], el autor los describe:

 

"Rechonchos, de narices planas, de piel cetrina, con bocas amplias y ojos rasgados; de hecho, como versiones degradadas y repulsivas de los tipos mongólicos menos agradables (para los europeos)."

 

Rayos. Y además está todo eso de considerar que ciertas “razas” tienen características y habilidades intrínsecas, incluso virtudes y defectos esenciales. Eso incluye a algunas que son irremediablemente malvadas, como orcos, trasgos y trolls. Y podríamos decir que son solamente criaturas de fantasía, que no tenemos que asumir que el autor pensaba así de los grupos humanos… Pero luego están las Haradrim (hombres del sur) y los Easterlings (hombres del oriente), humanos no europeos que se aliaron con las fuerzas de la oscuridad y lucharon codo a codo con monstruos.

 

Okey, podríamos matizar todo esto diciendo que Tolkien simplemente estaba repitiendo convenciones literarias propias de su tiempo y de la clase de obras en las que se inspiraba. Si la Tierra Media es básicamente la Europa medieval, es cierto que dicho continente fue invadido por hunos, mongoles, árabes y turcos a lo largo de su historia… Invasiones de verdad, y no como los fachos llaman ahora a la llegada a Europa de migrantes y refugiados de otras latitudes.

 

Más importante aún, Tolkien sabía muy bien que una cosa es la ficción y otra la realidad. En una carta a su hijo Christopher [la 71] explica que esa idea de que en la vida hay solo dos bandos en guerra, uno bueno y el otro malo, es propia de la fantasía, a su vez hija de la alegoría de la lucha entre el bien y el mal dentro de cada uno de nosotros. En la vida real, nos dice, si los orcos existieran, pelearían en cualquier bando, junto a hombres, bestias, demonios y ángeles. Con esto no quiere decir que pensara que los orcos pueden ser buenos, sino que los orcos no existen, y que gente buena o mala puede encontrarse por igual en cualquier grupo humano, incluyendo propios y enemigos.

 

Por otro lado, tenemos por lo menos dos ocasiones en las que habló del apartheid sudafricano. En una de ellas [carta 61], comenta que fue su madre quien le inculcó interés en el tema y se lamenta que el horror que causa el trato de los negros en Sudáfrica no genere sentimientos los suficientemente fuertes como para lograr un cambio.

 


En su discurso de despedida de Oxford, lo dice con todas sus letras:

 

"No presumo ser el más erudito de los que han venido aquí desde el extremo más lejano del Continente Negro. Pero llevo el odio al apartheid en los huesos; y detesto por encima de todo la segregación o separación de la Lengua y la Literatura. No importa cuál consideren blanca."

 

En realidad, el punto de esta cita (muy a menudo compartida fuera de contexto) era comparar con los racistas sudafricanos a quienes separan el estudio de la lengua y la literatura (y consideran alguna superior a la otra). Lo cual es… ¿raro? No sé, creo que es muy de su personaje de ratón de biblioteca equiparar a snobs académicos con un régimen de opresión brutal e inhumano, pero igual resulta un pelín insensible.

 

En fin, yo creo que en este asunto Tolkien sería el típico señor respetuoso y respetable que se horrorizaría por las formas más violentas y obvias de racismo, pero que pasaría por alto las expresiones más sutiles y cotidianas. Definitivamente está lejos de ser un Lovecraft, quien era tan virulentamente racista, incluso para su época y su contexto, que hasta sus amigos le tenían que decir “Howie, cámate, pofavó.”

 

Eso sí, hay personas revolviendo pasajes medio ambiguos en la obra de Tolkien para concluir que él adrede dejaba abierta la posibilidad de imaginarnos a sus personajes de cualquier raza. Yo creo que no va por ahí la cosa. En primera, esto es buscarle tres pies al gato, y en segunda constituye whitewashing de la obra de Tolkien. Me parece claro que él se imaginaba a sus personajes como europeos blancos, y que si no se tomó la molestia de especificarlo es simplemente porque la blanquitud era la condición por default en su cultura. Ignorar los aspectos más problemáticos de la obra de Tolkien, que deberían ser abordados críticamente, no le hace ningún favor a nadie. Es más, no se necesita inventar imaginarias aprobaciones del autor para legitimar el reparto racialmente diverso de Los Anillos de Poder.

 

IV
Yo no soy un hombre


Creo que podemos encontrar mejores propuestas en sus ideas sobre género. Es cierto que aparecen poquísimas mujeres en las sagas de la Tierra Media, pero las que están ahí se han convertido en algunos de los personajes femeninos empoderados más icónicos de la fantasía. Aunque los machines ardidos traten de darle la vuelta, todos sabemos muy bien lo que Éowyn quiere decir cuando clama I am no man! antes de acabar con el Rey Brujo de Angmar. Creo que a Tolkien le parecerían ridículos esos vatitos que se quejan de personajes femeninos empoderados en la cultura pop actual (si es que siquiera se dignara a prestar atención a gente tan zafia).

 

Es más, Tolkien leyó a Simone de Beauvoir, a quien está claro que admiraba como filósofa. Nunca discute el feminismo en concreto, pero me parece imposible que no estuviera enterado de las ideas más populares de una autora cuya cita él llevaba en su cartera hasta el día de su muerte.

 

Una de las aportaciones que me parecen más valiosas en la obra de Tolkien es la idea de masculinidad que plantea. Sus héroes masculinos no temen expresar sus sentimientos; con frecuencia lloran de tristeza o manifiestan su afecto mutuo sin reservas. Son hombres sensibles que se deleitan en la música y la poesía. Esto es justo lo contrario de las más tradicionales idealizaciones de la agresión y la insensibilidad como rasgos masculinos deseables. El eje de El Señor de los Anillos no es el amor romántico, sino la amistad entre varones; y no la mera camaradería o compañerismo, sino una forma muy profunda de afecto. Ultimadamente, no es la espada de Aragorn, sino la compasión de Frodo y la lealtad de Sam lo que vence a las fuerzas de la oscuridad.

 

Vivimos tiempos de crisis de la masculinidad, en los que muchos varones jóvenes ya no saben lo que significa “ser hombre” y se vuelven presas fáciles de discursos reaccionarios que prometen “devolverles su lugar” volviendo a formas más barbáricas de hombría. En este panorama la “masculinidad suave” de Tolkien ofrece una alternativa muy positiva, a la vez que llena de heroísmo. Estoy convencido de que el maestro encontraría ridículas las alarmas histéricas sobre la “feminización de la sociedad” y la “pérdida de la masculinidad”, sólo porque el ideal del hombre está dejando de ser una masa insensible de músculos y testosterona. Además, ¿no a él debemos los elfos, seres andróginos por excelencia?

 

V
Aquí, al final de todas las cosas


Tolkien, quien había visto morir a la mayoría de sus amigos en las trincheras, era un pacifista convencido. Al final de El Señor de los Anillos, Frodo es un veterano de guerra con estrés postraumático y la forma en la que Tolkien retrata ese dolor es de lo más poderoso que hay en toda la trilogía. El escritor repudiaba los bombardeos aéreos y las armas nucleares. Creía que ciertas acciones eran tan atroces que no se justificaban ni siquiera contra el más abominable de los enemigos. Por otra parte, en una carta [la 100] a su hijo Christopher, dice:

 

"No conozco nada sobre el imperialismo británico o estadounidense en el Lejano Oriente que no me llene de dolor y repugnancia."

 

Así que quienes exaltan la guerra como forjadora de carácter o fuente de gloria para las naciones, o quienes justifican las intervenciones militares alrededor del mundo, en nombre de un patrioterismo barato, tampoco encontrarían la simpatía de Tolkien.

 

No parece que el autor suscribiera la popular doctrina de que la historia la hacen los grandes hombres. Aunque en El Señor de los Anillos hay reyes y “herederos legítimos al trono”, debemos pensar que difícilmente podría ser de otra forma, teniendo en cuenta la historia y mitología en la que se basó. Y aun, mientras muchas sagas de fantasía se centran en “elegidos por el destino”, aquí la columna vertebral de toda la historia no son ni los elfos inmortales ni los príncipes con sangre de Númenor, sino los Hobbits, que representan a la gente común, la que ama todo lo que crece y que gusta de celebrar una vida sencilla. En palabras de Gandalf:

 

"Los héroes sólo desempeñan un pequeño papel en cualquier gran hazaña."

 

Pero si intentamos llegar a ideas políticas más concretas, encontraremos la postura de Tolkien es confusa, por decir lo menos. Hasta en ocasiones se le ha tratado de presentar como un anarquista, y lo más sorprendente es que no faltan las razones. De otra carta a Christopher, precisamente archivada en la Anarchist Library, tenemos fragmentos como:

 

"Mis opiniones políticas tienden más y más a la anarquía (filosóficamente entendida, que significa abolición del control, no hombres barbudos con bombas)."

 

"El más inadecuado trabajo para cualquier hombre, incluso para los santos (que en cualquier caso al menos no tenían la intención de hacerlo), es mandar a otros hombres. Ni siquiera uno en un millón es apto para ello, y menos entre aquellos que están buscando la oportunidad."

 

Además, uno de los puntos más importantes de El Señor de los Anillos es que el poder, encarnado en el Anillo Único, no puede ser ejercido sin corromper a quien quiera hacerlo, aunque esta persona tuviera buenas intenciones. Mientras muchas otras historias populares plantean que el poder debe estar en manos de los buenos, quienes lo manejarían sabiamente y sin abusar de él, en esta trilogía sólo hay una solución ante el poder: destruirlo por completo.

 

Por otra parte, en esa misma carta Tolkien habla de que le gustaría una “monarquía inconstitucional”, lo cual ha sido una fuente de muchas interpretaciones, porque nadie sabe a ciencia cierta de qué chuchas está hablando. Por sus diatribas contra la reverencia al estado y su rechazo a un gobierno centralizado fuerte ha sido reclamado por los libertarianos y anarcocapitalistas como uno de los suyos. Pero si de algo estoy seguro es de la hostilidad de Tolkien por el capitalismo industrial.

 

La protección de la naturaleza es una preocupación constante en la obra del maestro, y estoy seguro de que estaría horrorizado por la crisis ambiental de nuestro mundo actual. Saruman, con su “mente de ruedas y engranes”, devastando el Bosque de Fangorn, con toda claridad representa a ese industrialismo voraz y destructor de la naturaleza. En Tolkien la maldad es enemiga del mundo natural, y dado que la derecha contemporánea es ferozmente ecocida, dudo mucho que expresaría por ella otra cosa que repugnancia.

 


Es más, en la misma susodicha carta, expresa aprobación al sabotaje contra fábricas y plantas de energía:

 

"Hay sólo un punto brillante, y ése es el hábito creciente de los hombres enojados que dinamitan fábricas y plantas de energía; espero que, alentado ahora como ‘patriotismo’, siga siendo una costumbre. Pero no hará ningún bien si no es universal."

 

Lo cual es raro, porque según había dicho que su anarquismo no iba sobre tirar bombas. Quién lo entiende, profe.

 

Otra constante es el desdén que expresa a la codicia y al deseo de lucro como motivación. En El Hobbit, el villano es un dragón que acumula tesoros, que no hace nada bueno con ellos, pero que carbonizaría a cualquiera que intentara quitarle siquiera una moneda. Como dato curioso, la revista Forbes hizo una lista de los personajes ficticios más ricos del mundo, y colocó en segundo lugar a Smaug, con una fortuna calculada en 54 mil millones de dólares. Ahora bien, los primeros 20 hombres más ricos del mundo actual tienen más que eso. O sea que vivimos en un mundo en el que 20 vatos pueden acumular más riqueza que un puto dragón sentado en oro dentro de una montaña. Piensen en eso, ¿sí?

 

Sin embargo, este desprecio por el capitalismo industrial está más bien cimentado en un rechazo a la modernidad. Tolkien tenía una visión pesimista de la historia y no albergaba confianza en el progreso de la humanidad. Esta creencia de que todo cambio sólo trae decadencia suele ser el fundamento de ideologías conservadoras. Su anarquismo sería socialmente conservador, si es que puede concebirse tal cosa.

 

De hecho, si les interesa, aquí hay un artículo académico que analiza la visión utópica de Tolkien: comunidades autorreguladas, sin gobierno central, igualitarias y con distribución de la riqueza, pero fundamentada en valores sociales conservadores. Al fin y al cabo, creo que el proyecto político que Tolkien apoyaría sería uno que le dejara estar en santa paz con sus libros, sus árboles y su pipa.

 

VI
Incluso la persona más pequeña...

 

Feminazgûl es una banda de black metal de ideología feminista y anarquista, inspirada en la obra de Tolkien y fundada por la artista trans Margaret Killjoy. Tómense un momento para leer bien todo eso. No sé si Tolkien consideraría el black metal como música aceptable. No creo que fuera precisamente un aliado del feminismo contemporáneo. No me imagino cómo reaccionaria ante la idea de las personas trans. ¿Y acaso importa? Definitivamente Killjoy no necesita coincidir con el viejo maestro en todas y cada una de sus posturas para inspirarse en su obra (pueden leer una entrevista con ella por acá).

 

Y es que la obra de Tolkien es hermosa y profundamente humana; no necesitas ni siquiera pensar en los detalles de las posturas políticas del autor para extraer de ella inspiración y sabiduría. Puedes aprender con Gimli y Legolas que tu mejor amigo puede venir de donde menos lo imaginas; o con Éowyn y Pippin a retar las expectativas que los demás tienen de ti. Puedes recordar por siempre las enseñanzas de Gandalf, de que, en un mundo en el que tantas cosas están fuera de nuestro control, “lo único que podemos hacer es decidir qué haremos con el tiempo que nos ha sido dado”.

 

No todos hemos ido a la guerra, ni enfrentaremos a una encarnación física del Mal, pero cualquier persona que haya vivido un poco en este mundo puede ver en la experiencia de Frodo un paralelismo con la depresión y el trauma, y conmoverse hasta las lágrimas cuando entiende que lo que Sam en realidad le está diciendo es “no puedo cargar tu dolor por ti, pero puedo ser tu apoyo”.

 

No creo que Tolkien sería muy progre, pero estoy seguro de que los reaccionarios no tienen nada que extraer de él, salvo admiración superflua por “gente blanca con espadas”. Definitivamente no tienen ningún derecho sobre su obra, nada con qué reclamarla como suya. Ante la inmensa bondad y sabiduría que emanan los libros de Tolkien, su mezquindades y resentimientos absurdos los hacen verse minúsculos.

 

Por otra parte, a veces temo que el progresismo contemporáneo se centra demasiado en cultivar dos sentimientos: la indignación y la culpa… Y normalmente en esta forma: “yo siento indignación y más vale que tú sientas culpa”. Creo que nos convendría cultivar también algo más: el heroísmo. He aquí algo en lo que nos puede inspirar la obra de Tolkien. A través de sus aventuras, podemos aprender que somos capaces de más valentía de la que nos imaginamos, que tenemos el potencial ser tan nobles y arrojados como para hacer retroceder a los monstruos, y que hasta la persona más pequeña puede cambiar el curso del futuro.

 


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1 comentario:

Ognimod dijo...

Parafraseando a Gandalf, el de Tolkien es el conservadurismo como tendría que haber sido.

Uno preocupado por conservar valores como la valentía, la lealtad, la amistad y el aprecio por las cosas más sencillas de la vida, y no por perpetuar las jerarquías sociales "naturales", el egoísmo, o el "sálvese quien pueda".

Hay un dato que no has mencionado aquí y es el de la idea de que los Enanos son la versión Tierra Media de los judíos, basándose en que Thorin era avaro y vivía obsesionado con recuperar el tesoro de la Montaña Solitaria a toda costa, lo que terminó costándole la vida. Siento que esa interpretación tiende a ignorar que prácticamente todos los Enanos de El Hobbit y de la Trilogía (no me he leído El Silmarillion aún) demuestran muchas veces ser gente de mucha confianza y dispuesta a dar la vida por los amigos.