Doce monos: ¿Nosotros somos el virus? - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

sábado, 3 de septiembre de 2022

Doce monos: ¿Nosotros somos el virus?



En el año 2009, en lo que se siente ya como el pasado remoto, el mundo sufrió los embates de la pandemia de influenza porcina. En ese entonces hubo algo de pánico, mucha conspiranoia y un ciclo de noticias que parecía interminable. A pesar de que murieron 20 mil personas y de que mi país fue el epicentro de la pandemia, en aquel entonces me preocupé muy poco. Era un veinteañero edgy y más bien me dio por hacer chistes. Entre mis ocurrencias, armé un ciclo de películas, libros y canciones para disfrutar de este pretendido apocalipsis. Aquí lo tienen.

 

Once años más tarde, cuando una nueva epidemia golpeó al mundo entero, se me antojó rescatar aquella lista, ya no para reírme (bueno, sí un poco, al principio), sino para tratar de encontrar paralelismos y enseñanzas entre lo que se veía en la ficción y lo que vivíamos en la realidad. Esto es Diarios de la pandemia. Bien, pues entre esas películas estaba 12 monos (12 Monkeys), la cual hasta ahora no había revisitado. Y me parece ideal, siendo ya nos acostumbramos al coronavirus, pero nos amenaza una nueva enfermedad llamada precisamente viruela del mono. Ay, jijos.

 

Vamos a lo que nos truje. 12 monos es una película de ciencia ficción postapocalíptica con viajes en el tiempo. Fue dirigida por el maestro Terry Gilliam, quien ya antes había incursionado en el género con esa obra maestra que fue Brazil. El libreto estuvo a cargo de la pareja de guionistas David y Janet Peoples, las plumas detrás de ese otro capolavoro que es Blade Runner. A su vez, ellos se inspiraron La Jettée, un cortometraje francés de 1962, hecho completamente con fotografías fijas en blanco y negro, y un narrador en off.

 


El filme cuenta con las actuaciones de Bruce Willis y Brad Pitt en papeles muy inusuales para sus respectivas carreras. Willis era conocido por películas de acción no muy cerebrales que digamos, y Pitt era un joven galán de romanticismo cursi. Ambos estaban tan entusiasmados con la idea de trabajar para Gilliam que aceptaron menos dinero de lo que ya solían cobrar como superestrellas.

 

Se trata, pues, una película conceptual y estéticamente ambiciosa hecha por un equipo singular de creadores, con un reparto de primer nivel. Su producción fue accidentada y controvertida, pero al final resultó ser una de las cintas más aclamadas de 1995, que figura entre las mejores obras de ciencia ficción de la década.

 

En el futurísimo año de 2035 una plaga ha acabado con la mayor parte de la población humana. El aire del planeta quedó para siempre contaminado por el virus, y sólo el 1% de la humanidad sobrevivió, refugiándose en complejos subterráneos. La naturaleza poco a poco reconquistó las ciudades humanas, y los animales que antaño poblaron los zoológicos de Filadelfia ahora andan libres por las calles.

 


El mundo subterráneo es una distopía sucia y claustrofóbica. No entendemos mucho sobre su funcionamiento, pero sabemos que tiene un sistema presidiario brutal, y que los reos son utilizados para misiones suicidas y experimentos científicos arriesgados. Así conocemos a James Cole (Willis), reclutado por su resistencia física y aguda memoria, para viajar al pasado y obtener información sobre el origen del virus. Los científicos al mando esperan con ello encontrar una cura y restaurar la civilización.

 

O eso es por lo menos lo que Cole piensa cuando es llevado a un hospital psiquiátrico en el año de 1990. Allí conoce a la doctora Kathryn Railly (Madeleine Stowe), una empática psiquiatra con la que desarrollaría una confusa y problemática relación. Como compañero de encierro tiene al desequilibrado Jeffrey Goines (Brad Pitt), un extremista ecológico con inclinaciones paranoides que sin embargo encierra cierta brillantez en sus diatribas contra la civilización moderna. El padre de Jeffrey, el doctor Goines, resulta ser un adinerado científico (Christopher Plummer), cabeza de un laboratorio de virología.

 

La pregunta es: ¿Cole realmente viene del futuro? ¿En verdad está en una misión para averiguar algo sobre la pandemia que traería el fin de la humanidad? ¿O sólo está delirante, viviendo una fantasía creada por completo en su mente? ¿Acaso todo ese futuro distópico del que dice venir no es sino una versión torcida de la realidad que experimenta y de la gente que conoce? La película se inclina hacia que todo es real, pero por momentos lo deja ambiguo y hay ciertos detalles que no quedan explicados del todo. En ese sentido, 12 monos se inserta en la tradición noventera de películas que te hacen cuestionar la realidad hasta que te duele la cabeza, una tendencia muy prolífica que culminaría con The Matrix en 1999.

 


De ser real, el viaje en el tiempo funcionaría en forma de bucles estables; es decir, que no es posible cambiar el pasado y que hasta los viajes a otras eras han sido siempre parte de la historia. Por eso es que James ni siquiera intenta evitar el apocalipsis, y sólo va en busca de información. Lo irónico es que, según lo interpretemos, es el mismo viaje de James al pasado lo que desencadena la serie de eventos que llevarán al fin del mundo. Mindblown!

 

En fin, la cinta es una maravilla de la ciencia ficción y de la cinematografía en general, con excelentes actuaciones y una premisa con giros y sorpresas que me voló absolutamente la cabeza cuando la vi por primera vez de chaval. Pero, ¿nos sirve de algo en estos años de pandemia? Más o menos…

 

La pandemia en sí tiene poca presencia en la historia. Sólo conocemos el mundo antes y después de haber sido devastado por el virus, y de éste sólo se habla como historia o profecía. Como suele suceder en la ficción, se trata de un patógeno extraordinariamente letal, que mata a miles de millones de personas en poco tiempo, y tan terrible que se queda flotando en la atmósfera por años y años. Esto último es poco verosímil, pues los virus no pueden vivir mucho tiempo sin un anfitrión. En el cortometraje original, el apocalipsis lo había traído una guerra nuclear y la tierra había quedado contaminada por la radiación. Así tendría más sentido lo de los refugios subterráneos, pero si hubieran hecho así 12 monos no estaríamos hablando de ella ahora, sino que tendríamos que esperar a mi serie sobre el apocalipsis nuclear, que con la guerra en Ucrania bien podría venir pronto…

 


Pero hay algo en la premisa de 12 monos que se relaciona con la época que estamos viviendo. Uno de los temas recurrentes de la cinta es la forma en la que la civilización moderna explota a la naturaleza y tortura a los seres vivos. Gilliam se toma la molestia de subrayar la destrucción de los ecosistemas y el maltrato a los animales. La humanidad no queda muy bien parada. Pero, ¿merecemos la extinción, como dice James en algún momento? O, como se dijo al principio de nuestra actual pandemia, ¿nosotros somos el virus?

 

En las primeras semanas de nuestra crisis global, cuando la cuarentena se aplicó más estrictamente, se suspendieron las labores y las clases, los viajes y los servicios no esenciales. Entonces las redes sociales se llenaron de imágenes y noticias que nos daban una probadita a cómo se vería la Tierra sin humanos. Aguas prístinas, cielos despejados, vida silvestre volviendo a espacios de los que había sido expulsada… Y aunque algunas de esas historias resultaron falsas, otras sí eran auténticas. El mensaje parecía ser claro: sin la humanidad, la Tierra prosperaría. Sin embargo, ésta era una moraleja simplista… Y peligrosa.

 

Estas ideas son la base del ecofascismo, ideología de odio según la cual es necesario reducir a la población humana para salvar al planeta… Y obviamente los que tienen que desaparecer son los indeseables acostumbrados: personas racializadas y gente pobre. Las “razas superiores” y “sociedades avanzadas” podrían administrar con eficacia una Tierra saludable si tan sólo esos pobretones en África dejaran de reproducirse. Abogan por eugenesia, esterilización forzada y, ultimadamente, genocidio; hay que tener mucho cuidado con estos discursos.

 


En la película, el Ejército de los 12 monos es una organización de radicales ambientalistas, dirigida por Jeffrey Goines. Ellos son los principales sospechosos de querer desatar la plaga que acabaría con la humanidad. Sin embargo (¡spoiler!), al final se revela que no habían sido ellos, sino el doctor Peters (David Morse), un científico que trabaja en el laboratorio del doctor Goines. Después de todo, no es a los ecologistas, ni siquiera a los que parecen más radicales, con sus protestas ruidosas y sus altisonantes críticas al orden social, a los que hay que temer, sino a los misántropos silenciosos que se arrogarían el papel de dioses si tuvieran la oportunidad.

 

Sin embargo, no es necesario llegar tan lejos para compartir tales nociones misantrópicas. He conocido a bandita, supuestamente progre, que también repite aquello de “merecemos la extinción”, y hasta deja entrever lo virtuosa que se siente al decir eso. Venga, hasta yo en mi juventud llegué a pensar esa clase de cosas. Es un poco como el “todos somos pecadores” del fariseo religioso que en realidad se cree más puro que los demás por decirlo. Es una postura frívola y vacía. Si la única solución para la Tierra es que desaparezcamos de ella, pues en realidad no hay solución. Como es bandita “buena”, no va a abogar por el genocidio, y aunque suele ser gente que opta por no tener crías, tampoco toma la consecuente decisión de suicidarse. Entonces, lo único que pueden hacer es nada. Si la humanidad es esencialmente mala e irremediablemente destructiva, ningún esfuerzo por mejorar vale la pena. Ésta es una postura que favorece al statu quo. Cultivar un hipócrita sentimiento de culpa colectiva no sustituye nuestra responsabilidad de hacer lo correcto.

 

Lo cierto es que la mayoría de la humanidad no es responsable de las atrocidades que se cometen contra la naturaleza. Por ejemplo, si hablamos de cambio climático, veremos que el 10% más rico emite el 50% de los gases de efecto invernadero. Podríamos decir que la mayoría de las personas (pero ni aún así todas) viven, trabajan y consumen dentro de un sistema que requiere la sobreexplotación de los recursos naturales y la generación de contaminantes. Pero, de hecho, para esas mayorías no existe la opción de hacerlo de otra manera. Aunque todos usemos, por ejemplo, plásticos desechables, si quisiéramos dejar de hacerlo nos encontraríamos de que es muy difícil, y para la mayoría de las personas sería casi imposible, pues están en los productos que necesitan para vivir el día a día, incluidos sus alimentos y bebidas. Esta clase de cambios no pueden ocurrir al nivel de consumo individual, sino que tienen que tienen que realizarse desde el inicio de las cadenas de producción. Pero eso no sucederá mientras la producción y consumo de plásticos desechables siga haciendo rica a una minoría de personas.

 


La mayor parte de los Homo sapiens, a lo largo de la mayor parte de sus trescientos milenios de existencia, no ha causado la destrucción del mundo. Sí, extinguimos mucha megafauna cuando salimos de África. Y sí, desastres ecológicos a nivel local ha habido desde que existe la agricultura y nos dio por deforestar para nuestras ciudades y campos de cultivo. Pero la catástrofe a nivel planetario que estamos viviendo habría sido impensable antes de la era del capitalismo industrial, que arrancó hace menos de 300 años. Así que no, la culpa no es de toda la humanidad, sino de un modelo de producción en específico. Cuando se culpa a una maldad humana de la destrucción del mundo, se exculpa a este sistema y a quienes se benefician de él y procuran mantenerlo incólume.

 

En 12 monos no sólo la naturaleza y los animales son víctima de la crueldad humana. La opresión de los desvalidos es otra de las características fundamentales del orden social, tanto antes como después del apocalipsis. Los enfermos mentales en el asilo sufren en condiciones deshumanizantes y un recorrido por los arrabales de Filadelfia, llena de pobreza, delincuencia y antiguos edificios desmoronándose, contrasta con la opulencia de una gran mansión en un día de fiesta. En sus diatribas, Jeffrey señala a gobiernos y corporaciones como culpables de tanta destrucción, y su Ejército de los 12 monos quiere un cambio radical, no la extinción de la humanidad.

 

No, nosotros no somos el virus. Ya nos lo decía el economista Richard Wolff con The Sickness is the System, título de un libro que publicó en 2020, en plena pandemia. El subtítulo de la obra reza: “cuando el capitalismo fracasa en salvarnos de las pandemias y de sí mismo”. En él habla de cómo Estados Unidos, el país más poderoso de la Tierra, con sólo el 5% de la población mundial, tuvo el 30% de las muertes por Covid-19 a nivel global. Espeluznante señal de la podredumbre de su sistema.

 


¿Qué tiene que ver esto con el capitalismo? Aparte de carecer de un sistema de salud pública universal y gratuito, o de un modelo de vacunación obligatorio (rechazados en nombre de la “libertad individual”), es un ejemplo de cómo el libre mercado es incapaz de enfrentar esta clase de problemas. Por ejemplo, desde hacía años, por lo menos desde la influenza aviar de 2003, los científicos alertaban de la posibilidad de nuevas y más letales pandemias. Para hacerles frente cuando golpearan, habría sido necesario tener en reserva  grandes cantidades de equipo médico, desde cubrebocas hasta respiradores. Pero como no había un mercado masivo hasta antes de 2020, no existía el incentivo para que las corporaciones los produjeran. Producir y mantener almacenados en buenas condiciones todos esos insumos requería una gran inversión, y las empresas no iban a hacer eso durante años esperando a que una pandemia se produjera.

 

La ironía es que eso sí se hace con otras cosas: equipo militar. Las corporaciones fabrican cantidades colosales de insumos para el ejército, que se quedan almacenados durante años en espera al estallido de alguna guerra. La diferencia es que el gobierno de Estados Unidos paga por todo esto. Y cuando deja de ser útil para las fuerzas armadas, las corporaciones policiacas los compran. Es dinero público entregado en cantidades millonarias a empresas privadas. Pero ese mismo gobierno no invertirá en lo que se necesita para hacer frente a una pandemia; no es tan buen negocio.

 

Escribo a principios de septiembre de 2022. El promedio global de casos nuevos de Covid-19 a la semana es de unos 612 mil. El promedio de muertes semanales es de aproximadamente 2 mil 200. Si les parece poco, tengan en cuenta que cuando la emergencia nos mandó a nuestras casas, en marzo de 2020, había sólo como 6 mil casos nuevos y 280 fallecimientos por semana. Aún así, comparados con lo que vivimos en los picos de años anteriores, es claro que vamos ya, por fin, de salida. Durante más de dos años y siete meses, el tema de la pandemia se mantuvo en la sección de noticias de la Wikipedia. Apenas hace unos días se retiró, con el argumento de que, aunque la pandemia continúa, ya no está en el ciclo de noticias. Seis millones y medio de seres humanos han perdido la vida en este medio lustro, eclipsando por completo a los 20 mil que murieron por influenza porcina.

 


Pero una nueva amenaza se asoma por el horizonte: la viruela de mono. Endémica de África, se convirtió en un problema global cuando saltó al Reino Unido en abril de 2022. Poco más tarde, en julio, la Organización Mundial de la Salud declaró la emergencia mundial sanitaria. Al momento de escribir estas líneas, la OMS ha confirmado 52 mil casos en más de 100 países, y 122 muertos en regiones de África, Europa y América.

 

Aunque no existe una vacuna específica para esta enfermedad, la vacuna para la viruela común ayuda a disminuir los contagios y que los síntomas sean más leves. A estas alturas debería haber iniciado la producción masiva de estos medicamentos, seguida de una amplia campaña de vacunación, pero hasta ahora ningún gobierno lo ha hecho ya. No es buen negocio. Parece que no aprendimos la lección del coronavirus. O más bien, nuestras élites están dispuestas a dejar que ocurra otra catástrofe porque las medidas para contener la enfermedad no convienen. El único consuelo es que la viruela de mono es menos contagiosa y menos letal. Aunque también es terriblemente dolorosa, por lo que han dicho los sobrevivientes. Les mentiría si les dijera que no estoy asustado.

 

En el documental sobre la filmación, Terry Gilliam explica que en el emblema de su película representa a la humanidad. Somos los monitos bailando en círculos, siguiendo el mismo compás, las mismas rutinas. Hasta que uno de los monos se sale del esquema y todo se descontrola. Quizá ésa es la lección que deberíamos aprender: tenemos que dejar de girar en círculos con un ritmo que nos ha sido impuesto y empezar a tomar el control de nuestro destino antes de que alguien haga una estupidez y acabemos en un nuevo desastre.



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En Diarios de la pandemia, partimos de obras de ficción para reflexionar sobre nuestros tiempos pandémicos. Otros títulos analizadas en esta serie son:

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