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viernes, 13 de marzo de 2026

Que no nos aplaste el Talón de Hierro

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Jack London es famoso por sus novelas juveniles de aventuras en la Alaska salvaje, especialmente Colmillo blanco y El llamado de la naturaleza. Es menos célebre por ser autor de algunos libros de ciencia ficción temprana: Antes de Adán (1907) y La peste escarlata (1912), de los que les he platicado antes. Otra cosa que suele omitirse de este autor: era socialista, lo cual no se nota mucho en algunas de sus obras, pero está muy presente en otras tantas. De hecho, el libro del que voy a hablarles ahora combina su interés por la ficción especulativa con sus ideas políticas. Se trata de El Talón de Hierro (1908), una novela de la que ya tenía noticia, pero no había tenido chance de leer sino hasta hace poco.


Lo primero que hay que saber es que El Talón de Hierro es una de las primeras novelas distópicas de la historia y constituye una escalofriante advertencia sobre los tiempos que estaban por venir en la primera mitad del siglo XX, y que parecen repetirse ahora, en pleno siglo XXI. Y todo esto tiene que ver con el deterioro de un capitalismo que se sale de control y una oligarquía que concentra un poder cada vez más absoluto. Oh, y de cierta forma previó el auge del fascismo. Todo esto escribiendo antes siquiera de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Vaya, que estamos hablando de un autor visionario.


Bueno pues, ¿de qué trata la novela? Déjenme explicarles el lore y luego vamos con los detalles. La narración inicia en 1912 (cuatro años en el futuro para el autor) y se desarrolla a lo largo de las décadas siguientes. Es decir, inicia en un mundo prácticamente igual al que conocía el autor, la época del capitalismo más salvaje, previa a las guerras mundiales y el nacimiento del estado de bienestar. Fue una era en que el poder de las grandes corporaciones no conocían límites y los derechos laborales eran casi inexistentes…Y básicamente, London predice que las cosas se pondrían mucho peor antes de mejorar.


Represión policiaca en 1871

Aunque no imagina nada de tal magnitud como fueron las guerras mundiales, sí prevé que la competencia imperialista entre las grandes potencias llevaría a conflictos puntuales, en concreto una entre los Estados Unidos y Alemania. Tampoco profetiza el fascismo precisamente  tal cual fue, pero se le acerca bastante: una tiranía implacable que usa la brutalidad para mantener el poder y los privilegios de la élite capitalista y perpetuar la explotación de las clases trabajadoras.


Verán, el fascismo histórico se alió con el gran capital, y los autores marxistas más ortodoxos siempre lo consideraron un simple brazo armado del capitalismo en tiempos de crisis, cuando éste ya no puede gobernar por consenso y los movimientos revolucionarios se convierten en un peligro real. Sin embargo, la historiografía más reciente considera que, si bien una parte de esto es verdad, no lo es todo. El fascismo tuvo características ideológicas, operativas y organizativas muy concretas que van más allá del autoritarismo y la represión, y no necesariamente tendría que haber tomado la forma que tuvo para cumplir con su función de garrote del capitalismo. Entonces, si bien London no predijo el advenimiento del fascismo como tal, sí observó que en su propio tiempo el descontento social estaba en aumento y que el movimiento obrero se volvía fuerte; ante ello, auguró que el capitalismo reaccionaría con violencia. 


La primera parte del relato consiste en una denuncia de las injusticias del orden social capitalista y explicaciones de en qué consisten y por qué ocurren, desde una óptica típicamente marxita. Está llena de discursos, mayéutica y sucesos que son más que nada ejemplos de situaciones que eran comunes en aquel entonces. Tal es el caso de la anécdota un obrero que pierde un brazo en un accidente laboral, que sirve para mostrar cómo todo el sistema, desde el funcionamiento de las empresas hasta el de las cortes y los medios de comunicación, está diseñado para aparentar igualdad ante la ley mientras se preserva los privilegios de las clases dominantes. 


Un capítulo completo está dedicado a explicar cómo los intereses de los verdaderos millonarios pasan por encima de los de los pequeños empresarios, cuyos negocios terminan siendo absorbidos o eliminados por aquéllos, con lo que se crean emporios cada vez más gigantescos. También nos cuenta la historia de de un bondadoso obispo que, tras abrir los ojos ante las injusticias del mundo, comienza a predicar la protección a los pobres y el fin de la explotación, y hasta empieza a vivir como sus feligreses más humildes. Como recompensa, es destruido por las fuerzas del sistema.


Revuelta de Chicago de 1886

En los capítulos centrales se describe el proceso por el cual las clases dominantes comienzan a hacer realidad el establecimiento de un régimen oligárquico: el Talón de Hierro titular, que termina por borrar cualquier rastro de democracia, aparente o real. Se narra cómo se van creando o aprovechando las situaciones que les permiten eliminar a sus enemigos uno a uno, ya fueran los campesinos organizados, los sindicatos, el partido socialista o hasta la pequeña burguesía.


Con todas las vías institucionales cerradas para una oposición democrática al Talón de Hierro, no queda más remedio que pasar a la clandestinidad. La narración de las organizaciones revolucionarias, así como las acciones represivas del Talón de Hierro contra ella, se inspira en los grupos subversivos que operaban en Rusia en tiempos del autor, quien explícitamente los compara. Por su parte, los últimos capítulos narran los hechos que viven los revolucionarios hasta el estallido de una fracasada insurrección, conocida como la Comuna de Chicago, cuya aplastante derrota constituye el paso final para que la oligarquía se consolide.


Pero que no panda el cúnico. La obra nos asegura que cerca del año 2200 el Talón de Hierro sería finalmente derrotado por una revolución socialista que terminaría por establecer la Hermandad del Hombre, la utopía final. ¿Cómo sabemos esto? Bueno, aquí está lo interesante respecto a la estructura narrativa de la novela. Pongan atención…


El relato principal se presenta como un documento histórico, las memorias de la revolucionaria Avis Everhard, cuyo marido Ernest fuera uno de los líderes más destacables en la lucha contra la oligarquía. A su vez, el manuscrito está editado y anotado por un académico llamado Anthony Meredith, quien escribe varios siglos en el futuro, en el año que para nosotros sería el 2600 d.C., y que para él es el 419 de la era de la Hermandad del Hombre. 


La Comuna de París de 1871


Como marco narrativo para el relato principal, tenemos no sólo el prólogo de Meredith sino una buena cantidad de notas al pie que comentan el texto. De esta manera, London consigue relatarnos dos historias: la de la vida y hechos de los Everhard, y la del contexto más amplio, que nos permite conocer lo que Avis nunca llegó a saber, ya fuera porque ocurre más allá de su entorno inmediato, o años después de que consignara sus recuerdos a la página.


De hecho, London aprovecha al máximo este recurso de las notas al pie, en lo que me parece un muy interesante ejercicio de juego narrativo. Algunas de esas notas sirven para complementar la narración de Avis y que los lectores sepamos qué sucedió con tal o cual personaje. Otras sirven para comparar el mundo del capitalismo salvaje con la utopía socialista que sería la Hermandad del Hombre, en la que muchas de las cosas que hoy consideramos normales serán vistas como atroces.


Estas notas también le permiten a London meter algo de historia real. A veces, cuando Avis narra casos que demuestran la injusticia del capitalismo, Meredith pone en las notas citas de textos reales, con fecha y toda la cosa, que documentan casos similares. En la ficción, tales documentos han sido descubiertos, aunque fuere parcialmente, por los historiadores del futuro. Esto permite entretejer la narración ficticia en dos tiempos con la realidad extradiegética, lo que no sólo es didáctico, sino que produce un efecto de inmersión muy bien logrado.


Ahora, desde un punto de vista literario, yo no diría que es un libro buenísimo. Por largos pasajes (casi toda la primera mitad) es demasiado panfletero y expositivo. El talento de London como narrador de aventuras, intriga y acción sólo se demuestra en los últimos capítulos, que narran la carnicería en la que llega a convertirse la Comuna de Chicago. Allí sí que hay descripciones vívidas y enérgicas de hechos violentos, con una gran tensión y suspenso mientras leemos la desesperada lucha de la protagonista y sus acompañantes para sobrevivir. Sentimos emoción auténtica cuando los revolucionarios golpean al Talón de Hierro y nos condolemos cuando el régimen aplasta la insurrección. Tanto más interesante resultan estos pasajes en cuanto a que Ernest Everhard está casi completamente ausente, y es Avis la verdadera protagonista.


Revolución Rusa de 1905

Por desgracia, y para frustración nuestra, el relato se queda incompleto. Desde el prólogo se nos advierte que Avis Everhard escribe sus memorias en la década de 1930, poco después de la captura y ejecución de Ernest, y poco antes del estallido de la Segunda Insurrección, la cual también fracasaría. Según Meredith, se necesitarían varias insurrecciones y el sacrificio de una generación tras otra, cada una de las cuales haría su parte para debilitar al régimen, hasta vencerlo por completo. Entonces, uno esperaría que el relato abarque por lo menos hasta los últimos días de Avis… Pero no: se detiene abruptamente con la derrota de la Comuna de Chicago, a finales de la década de 1910. Así, quedan casi 20 años de los que nada más sabemos algunos detalles por las notas al pie. 


Es, eso sí, un libro muy interesante, por las ideas que contiene, por su estructura experimental y por ser antecedente de la tradición literaria distópica. De hecho, George Orwell lo cita como una de sus principales influencias. Entonces, ¿lo recomiendo? Sí, si les interesa adentrarse en el desarrollo de la narrativa especulativa, en particular de la ficción política y la distopía. No, si realmente no es su área de interés, pues existen mejores ejemplos de esos subgéneros y hasta para libros de Jack London recomendaría más los otros dos.


Comentando cuatro siglos tras la caída de la oligarquía, Meredith expresa que el ascenso del Talón de Hierro resulta desconcertante para los historiadores, porque no sigue el proceso esperado de la evolución de una sociedad según la ortodoxia marxista. No tenía por qué haber ocurrido como ocurrió, y mucho menos tendría que haber logrado consolidar tanto poder por tanto tiempo. Creo que el mensaje de London es sencillo: “éste no tiene por qué ser nuestro futuro”. Como suele ser con la distopía, no se trata de una predicción, sino de una advertencia.


Tal advertencia debería resonar en nuestros tiempos incluso más que en los de London. La domesticación del capitalismo, ocurrida tras las guerras mundiales, dio como resultado el periodo más próspero y menos desigual de la historia de Occidente. La reacción neoliberal de los años 80 regresó el capitalismo a sus estadios más salvajes, y ahora, a casi medio siglo del inicio de ese régimen, tenemos que la mayor parte de la riqueza humana se concentra en cada vez menos individuos, milmillonarios que ostentan un poder sobre nuestras vidas mayor al que tuvieran cualquier rey absolutista o emperador divinizado. La expresión de este poder se deja sentir en el auge de la extrema derecha, la precarización de la clase media, la crisis de vivienda y de costo de vida, la crisis climática y el recrudecimiento de las guerras imperialistas en todo el mundo.


Pero, como nos dijera Jack London en 1908, ése no tiene que ser nuestro futuro. Aún podemos luchar para impedir que el Talón de Hierro caiga sobre nosotros.

Ilustración de portada de la edición de Penguin

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