El Batman proletario y la lucha de clases - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 27 de agosto de 2021

El Batman proletario y la lucha de clases


Imagina que Bruce Wayne no fuera el heredero de una opulenta familia, sino el hijo de unos inmigrantes empobrecidos provenientes de Polonia. Imagina que sus padres, en vez de haber sido asesinados por un ratero común, hubiesen muerto por causa de la explotación y la falta de derechos laborales. Imagina que el joven Bruce hubiera obtenido su gran fuerza y resistencia, no por entrenar con grandes guerreros alrededor del mundo, sino por una vida de arduo trabajo físico. Imagina un Batman nacido no para mantener el orden, sino para luchar contra él. Imagina un Batman proletario encabezando una lucha obrera por los derechos de los trabajadores.

 

No es una simple fantasía de progres que vienen a arruinar tu cultura pop; es una historia que de hecho DC Comics publicó en 2003 bajo el sello Elseworlds, en el que aparecen historias alternas sobre los personajes conocidos de siempre. El nombre de esta breve aventura es The Golden Streets of Gotham y es obra de la escritora Jen Van Meter y de los artistas Cliff Chiagn y Tommy Lee Edwards.

 

“ESTAS CONDICIONES ME ESTÁN MATANDO”


El cómic nos anuncia de qué se tratará desde el mismo título, “Las calles doradas de Ciudad Gótica”, hace referencia a una expresión común en el siglo XIX para hablar de un lugar tan rico y próspero que es muy fácil hacer dinero allí: “las calles están pavimentadas con oro”, especialmente para las grandes ciudades industriales como Nueva York, Chicago o Boston. Aunque lo cierto es que en los hechos la frase se usaba más para indicar lo contrario: “se engañaban pensando que las calles estaban cubiertas de oro” o “entonces nos dimos cuenta de que las calles no estaban pavimentadas con oro”.

 

¿Quiénes son esas personas a quienes fueron prometidas esas calles de oro y se desilusionaron? Pues los trabajadores de origen migrante que llegaban a los Estados Unidos en masa durante la segunda mitad del siglo XX, muchos de ellos provenientes de Europa del este. Como nuestro héroe, que ahora no se llama Bruce Wayne, sino Bruno Vanekow.

 

La narración inicia muchas décadas después de los acontecimientos principales, cuando la joven periodista Elana Karadian se encuentra a un casi centenario Richard Grayson en una casa de retiro. Es el anciano Greyson quien le cuenta la verdadera historia de Vanekow, héroe de los trabajadores, cuyos hechos se habían olvidado a lo largo del tiempo.

 


Entonces nos transportamos a un año indeterminado en lo que deben ser los inicios del siglo XX. Bruno se encuentra trabajando como capataz en la construcción de vías férreas, cuando su jefe le ordena escarmentar a dos trabajadores chinos porque “habían robado del almacén de comida”. Bruno no sólo se niega a cumplir con esa orden, sino que se rebela contra sus patrones y abandona el lugar en compañía de sus camaradas asiáticos.

 

Ok, es aquí donde debemos empezar a poner contexto histórico. Porque lo que es este cómic no es nomás una aventura de nuestro querido Caballero de la Noche, sino que es un retrato de la Edad de Oropel del capitalismo en los Estados Unidos, un homenaje al movimiento obrero y una lección sobre solidaridad de clase. Vamos a ello:

 

Estamos en la llamada Edad de Oropel, o Gilded Age como dicen los gringos. Se refiere a la época que va, más o menos, de la década 1870 hasta inicios del siglo XX y que se caracteriza por el rápido crecimiento económico y la industrialización de los Estados Unidos. ¿Por qué, entonces, de oropel y no de oro? Porque debajo de esa aparente prosperidad, subyacían dinámicas de explotación, desigualdad económica y precariedad para grandes masas de personas, pero en particular para los obreros y trabajadores de las fábricas, los ferrocarriles y las minas.

 


En esa época el 2% más rico del país acumulaba más de un tercio de la riqueza; el 10% más rico acumulaba tres cuartas partes. La corrupción política era rampante, pues los magnates de la industria invertían nada despreciables sumas para que el gobierno no regulara sus actividades. Por su parte, la clase obrera, el proletariado, trabajaba turnos de 10 horas o más, muchas veces sin días de descanso, y sin poder soñar con cosas como vacaciones pagadas, jubilación o ni seguridad social para casos de enfermedad o accidentes. Además, los salarios eran tan bajos, que muchas personas se veían obligadas a tomar más de un turno, y a menudo todos los miembros de la familia tenían que trabajar en las fábricas, incluyendo los niños, para llevar lo necesario a casa. Ésta es también la época del auge del movimiento obrero, en la que sindicatos se fueron organizando, inspirados muchas veces por ideas socialistas o anarquistas, para exigir sus derechos.

 

Los inmigrantes chinos eran reclutados para trabajar en la construcción de los ferrocarriles, pero formaban de los grupos más discriminados de la sociedad. Eran maltratados por los patrones, eran objeto de persecución por parte de organizaciones terroristas como el Ku Klux Klan, se les obligaba a vivir en guetos (los famosos “barrios chinos”) y ni siquiera podían esperar mucha solidaridad de sus compañeros de trabajo blancos, quienes veían a los chinos como competidores dispuestos a trabajar por sueldos más bajos. Que en el cómic Bruno fuera solidario con ellos es una muestra que se trata de un hombre con una conciencia moral que va más allá de los prejuicios de su época.

 

Al llegar a Ciudad Gótica, Bruno se entera por unos amigos de sus padres que ellos habían perecido en un gran incendio en la fábrica en la que trabajaban, un siniestro del que pocos pudieron escapar. Vamos a una retrospectiva y sabemos no sólo que los trabajadores murieron porque el jefe, Joe Chillingham, había mandado a cerrar las puertas de la fábrica con cadenas y candados, sino que el incendio mismo fue provocado por unas chispas que Chillingham dejó caer descuidadamente de su cigarro.

 


Ok, aquí hay dos cosas bien interesantes que desenredar. Primero, este acontecimiento ficticio está inspirado en un hecho real, el famoso incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, en 1911. En el incendio murieron 146 personas (123 mujeres y 23 hombres) cuyas edades iban de los 14 años a los 43. Y, al igual que los padres de Bruno Vanekow, estos trabajadores y trabajadoras no pudieron escapar porque las puertas habían sido cerradas con candado. De hecho, ésa era una práctica habitual en las fábricas, para evitar que los obreros se tomaran descansos no autorizados ni salieran a deshoras.

 

Ya que la mayoría de las víctimas del incendio eran mujeres, este suceso se convirtió en un hito no sólo por la lucha de los derechos laborales en general, sino de las mujeres trabajadoras en particular. Apenas tres años antes, grandes manifestaciones protagonizadas por mujeres trabajadoras habían llevado al establecimiento del Día Internacional de la Mujer.

 

Los dueños de Triangle Shirtwaist, Max Blanck e Isaac Harris fueron acusados por los sobrevivientes de haber ordenado que se cerraran las puertas de las fábricas. A final de cuentas estos magnates sólo fueron obligados por la corte a pagar 75 dólares por cada víctima a los familiares en duelo. En cambio, Blanck y Shirtwaist recibieron de la aseguradora 60 mil dólares. ¡Fue como si les hubieran pagado 400 por cada muerte que causaron!

 

El incendio de Triangle Shirtwaist

Por otro lado, está el ingenio con el que tomaron elementos clásicos del mito de Batman. Joe Chill es el nombre del ratero que habría matado a los Wayne; aquí pasa a ser un empresario llamado Joe Chillingham (el cambio en el nombre es para denotar que pertenece a las clases altas). Y Chillingham es todavía más aterrador que su contraparte, pues, aunque ambos son hombres fríos y sin escrúpulos, Chill es al cabo un simple maleante de las calles, mientras que Chillingham tiene todo el poder económico y político detrás de él.

 

El otro personaje que tiene su origen en este siniestro es Jack Smart, capataz de Chillingham, y quien es enviado personalmente a poner cadenas en las puertas de la fábrica. Smart apenas sobrevive al incendio, pero el horror de lo que presenció y la culpa de haberlo provocado terminan por volverlo demente (ya saben, psicología de cómics) y se convierte en un asesino en serie con traje de polichinela. Es, adivinaron, el Joker de esta historia.

 

“UNIDOS PODEMOS DERRIBARLOS”


¡Apenas estamos iniciando! Tras escuchar todos estos antecedentes, Bruno Vanekow va a visitar la tumba de sus padres y jura hacer algo por ellos. Apenas iniciaba sus investigaciones para tratar de probar que Chillingham era el culpable cuando se topa con otro accidente: las calderas de una fábrica habían explotado y las calles estaban llenas de trabajadores heridos.

 

Bruno corre a auxiliar en lo que puede y así podemos escuchar algunos otros testimonios. Mientras los trabajadores acusan las condiciones inseguras en las que les obligan a trabajar turnos extenuantes de hasta triple duración, los empresarios culpan a supuestos saboteadores decididos a perjudicar los negocios. Un hombre con heridas incapacitantes se lamenta en los brazos de Bruno:

 

“¿Qué hay de mi familia? Quizá no pueda volver a trabajar. Nos tratan peor que a perros, y nada de lo que hacemos nosotros puede tocarlos.”

 

Por supuesto, esa clase de accidentes también ocurría en la vida real. Uno de los más célebres ocurrió en 1905, cuando una caldera explotó en la fábrica de zapatos Grover de Boston. 58 personas murieron en el accidente y unas 150 quedaron heridas. Las preocupaciones del obrero al que Bruno asiste también están basadas en la realidad: los trabajadores heridos no recibían compensación alguna; ellos podían quedar incapacitados para trabajar y sus familias quedaban en el desamparo.

 


De hecho, la industria estadounidense tenía la tasa de accidentes industriales más alta del mundo y las leyes no obligaban a ofrecer compensaciones a los trabajadores afectados. En el accidente de la fábrica Grover, fue el Sindicato de Trabajadores de la Piel quien compensó a las víctimas y sus familiares. Esto sólo empezaría a cambiar hasta después de 1912, cuando, gracias a la presión del movimiento obrero, poco a poco diferentes estados empezaron a legislar al respecto. Lo cual precisamente nos lleva a hablar de los sindicatos, el movimiento y la solidaridad de clase…

 

Es alrededor de estos hechos que Bruno conoce a dos mujeres que se convertirán en importantes aliadas: la comprometida reportera Barbara Gordon y la adinerada activista Selina Kyle, aliada del movimiento obrero. Poco después, en una masiva reunión de trabajadores, Bruno conoce a El Gato, un misterioso personaje enmascarado que lidera la organización proletaria en Ciudad Gótica y que anuncia el plan de realizar una huelga general por toda la ciudad. Ok, El Gato es obviamente Selina; vaya, no creo que eso vaya a ser un plot twist para nadie.

 

Esa misma noche, Bruno adopta la identidad de Batman e inicia una carrera al estilo de Robin Hood, entrando a las mansiones de la élite de Ciudad Gótica para robarles joyas y otros objetos de lujo. Después entrega lo robado al sindicato, a organizaciones solidarias o directamente a personas necesitadas.

 


Vale, todo lo anterior es lo que presenta el escenario y las páginas que siguen narran la acción subsecuente. Por un lado, Bruno sigue robando a los ricos para dar a los pobres; la policía lo sigue de cerca, y él se oculta en el vodevil de Alfred Pennyworth, donde conoce al joven acróbata Richard Greyson. Por otro lado, El Gato continúa la organización de la huelga general, mientras el Joker sigue asesinando a mujeres indefensas en las calles y el sargento James Gordon (obviamente, el padre de Barbara) está tras su pista.

 

Ok, pongamos pausa para hablar otra vez del contexto histórico. Me gusta mucho que el cómic hace énfasis en dos aspectos importantes de la lucha obrera: la organización y la solidaridad. En otras ficciones la revolución nomás estalla un día porque el héroe agarra a la multitud en el estado de ánimo adecuado y les echa un choro para enardecerla y saltar a la lucha de inmediato. Aquí, entre que El Gato anuncia el plan de ir a huelga y que ésta se lleva a cabo pasan varias semanas, y aunque el cómic no muestra todos los pormenores de la organización (que, honestamente, seguro sería algo tedioso) sí da a entender que el asunto toma bastante tiempo y esfuerzo.

 

El concepto de solidaridad de clase se refiere al sentimiento de comunión de intereses y metas entre miembros de una misma clase social; es decir, que los trabajadores se den cuenta que tienen, como clase, los mismos objetivos y que formen lazos de camaradería para alcanzarlos. Bruno demuestra solidaridad de clase con sus compañeros chinos, con las víctimas de la explosión y con las personas y organizaciones a las que ayuda como Batman.

 

"El cuarto estado", pintura de Giuseppe Volpedo

La solidaridad entre los obreros es necesaria para enfrentar el poder político y económico de los patrones. Ellos promueven un individualismo craso para los otros, la idea de que cada quien debe preocuparse por sí mismo, precisamente para evitar que se dé esa unión que pondría en peligro el poder de los privilegiados. Al mismo tiempo, la clase patronal sí que practica la solidaridad, impulsando medidas y legislaciones que protegen sus intereses. El Gato lo dice claramente en el primer discurso que aparece en el cómic:

 

“De lo que hablamos es de una huelga que abarque toda la ciudad, una que no puedan ignorar ni reprimir. Han tratado de dividirnos, diciendo que debemos preocuparnos sólo por nosotros mismos, por nuestras familias, mientras que la verdadera base de su poder es su unión con otros como ellos: ¡industrialistas y herederos! Ellos, que asisten a las fiestas y se sientan en las juntas directivas. Pero nosotros también podemos construir una base así. ¡Unidos podemos derribarlos a todos! Podemos hacerlo, si estamos determinados y somos cuidadosos.”

 

En las viñetas vemos que esta unión de trabajadores incluye mujeres y personas afroamericanas en sus asambleas. De haber existido, esta organización habría sido extraordinaria en su tiempo, pues en los hechos la mayoría de los sindicatos excluía a las mujeres, los negros y los chinos.

 

En un par de ocasiones se menciona que El Gato oculta su identidad porque sus acciones podrían condenarle a la horca. Estuve leyendo por ahí y no encontré que organizar sindicatos o huelgas fuera un delito que llevara a una persona a ejecutarla; es decir, por lo menos no según la ley.

 


Pero la violencia contra los sindicatos era una cosa muy real, así como el asesinato de líderes obreros, algunos de los cuales fueron colgados en ejecuciones extralegales, como Frank Little, muerto en 1917. Esta violencia era ejercida a menudo por matones contratados por los empresarios y por organizaciones criminales, pero también por la policía y el ejército.

 

El caso más famoso es el de la Revuelta de Haymarket, ocurrida en Chicago en 1886. Lo que empezó como una manifestación en apoyo a los trabajadores que exigían una reducción de la jornada laboral, terminó en un enfrentamiento entre obreros y policías después de que un explosivo fuera arrojado contra las fuerzas del orden. Los trabajadores responsabilizaron a infiltrados de la Agencia Pinkerton, una corporación de seguridad privada con un historial de infiltrar y reprimir movimientos obreros. El gobierno acusó en cambio a ocho trabajadores anarquistas, los famosos Mártires de Chicago, de los cuales cinco fueron condenados a la horca y los otros tres a prisión.

 

En The Golden Streets of Gotham también se menciona a la Agencia Pinkerton como auxiliar del gobierno en la investigación contra el movimiento obrero. En este caso, como oficialmente no pueden atacar a los sindicatos ni sus planes de hacer huelgas, las autoridades de Ciudad Gótica adjudican a los líderes sindicales complicidad con los asesinatos del Joker y los hurtos de Batman. Con este pretexto, una protesta es violentamente reprimida por la policía, bajo las órdenes del alcalde de Ciudad Gótica. El arte en estas viñetas está claramente inspirado en los grabados que representan momentos históricos de la lucha obrera.

 

La revuelta de Haymarket

Sólo James Gordon se niega a participar en la represión. Éste fue un detalle que me gustó mucho; usualmente en este tipo de historias si hay policías corruptos éstos son presentados como “manzanas podridas”, individuos aislados cuya perfidia es responsabilidad suya, mientras que la institución en sí es retratada como fundamentalmente justa y benévola. En este cómic, en cambio, queda claro que la función principal de la policía es proteger al statu quo (por eso da prioridad a la persecución de Batman por encima del Joker) y que es Gordon quien, como individuo, se mantiene fiel a su integridad, aunque eso le cueste tener a toda la corporación en su contra.

 

Aunque el combate callejero entre la policía de Ciudad Gótica y los manifestantes resulta en algunos golpes y arrestos injustificados, la cosa podría haber resultado mucho peor. No era raro que murieran trabajadores y policías en estos enfrentamientos. Entre 1912 y 1913, más de 50 mineros en huelga en Virginia murieron a manos de la policía y mercenarios, sólo para mencionar uno de los incidentes más sangrientos de la época.

 

“HE CONTADO LA HISTORIA”


Una huelga general es aquélla en la que se detienen las actividades laborales no sólo de una empresa o de un sector, sino de gran parte de toda una ciudad (o una región, o incluso un país), y en la que participa una mayoría de la fuerza laboral. Son difíciles de organizar, pero también muy poderosas. La huelga general organizada por El Gato y sus camaradas se lleva a cabo. Las calles de Ciudad Gótica, doradas o no, se ven cubiertas de trabajadores llevando pancartas y exigiendo sus derechos. Se imponen de tal forma que la policía se ve superada.

 

Y bueno, ya después de esto no hay mucho que decir; el cómic procede a una conclusión que se siente un tanto apresurada y anticlimática. Batman detiene al Joker y la corrupción de Joe Chillingham y el alcalde de Ciudad Gótica son expuestas. Es medio frustrante que después de invertir tanto en hacer ver cómo todas las instituciones de la ciudad estaban corrompidas y cuán poderosa era la clase patronal, nos quieran hacer creer que bastaba exponer a dos pillos para que estos fueran arrestados, por una policía que de pronto se vuelve buena. Se me hace que la escritora necesitaba un poco más de espacio para resolver los conflictos, pero le obligaron a atenerse al formato de 48 páginas. Vaya usté a saber.

 

Dado que la historia se ambienta a principios del siglo XX, podemos adivinar que los trabajadores de Ciudad Gótica irían conquistando poco a poco importantes triunfos en su lucha a favor de sus derechos, pues es justo lo que ocurrió con los movimientos obreros en Estados Unidos por aquellos años. La jornada laboral de 8 horas, la seguridad social, reglamentaciones sobre seguridad en el lugar de trabajo, leyes para restringir el trabajo infantil, etcétera, serían conquistadas en los años siguientes por trabajadores en distintas partes del mundo industrializado

 


El cómic se ambienta en Estados Unidos y se inspira en la historia de ese país, pero la Edad de Oropel tuvo sus paralelos en otros lugares del mundo. En la Inglaterra decimonónica las condiciones eran muy parecidas, lo que llevó a Charles Dickens a escribir las novelas que abrieron los ojos del mundo a los horrores de la Revolución Industrial, y a Karl Marx a desarrollar sus importantes teorías sobre la explotación, la alienación y la lucha de clases.

 

En México esa época corresponde grosso modo con el Porfiriato, una auténtica edad de oropel, en la que bajo la apariencia de prosperidad y abundancia se escondía una realidad brutal de desigualdad, miseria y opresión. No olvidemos la huelga de Cananea de 1906 y la de Río Blanco de 1907, en cuya represión murieron cerca de un centenar de trabajadores.

 

No debe olvidarse que los derechos laborales fueron conseguidos por las luchas del movimiento obrero. En ocasiones el discurso conservador trata de atribuir estos avances a figuras de autoridad como Otto von Bismarck o Henry Ford, pero la realidad es que, si personajes como aquéllos hicieron reformas para mejorar las condiciones de los trabajadores, fue porque éstos ya las estaban exigiendo desde tiempo atrás y los poderosos calcularon que era mejor estrategia hacer algunas concesiones que enfrentar el descontento y la lucha organizada. Y bueno, en el caso de México fue necesaria una revolución y un subsecuente baño de sangre para llevar los derechos laborales a la Constitución.

 


Hoy en día se habla de una Segunda Edad de Oropel, sólo que, en un presente globalizado, ésta ya no se limita a los Estados Unidos, sino que abarca todo el mundo. La desigualdad en el mundo ha alcanzado niveles que no se habían visto en décadas y las generaciones más jóvenes se enfrentan a un mercado laboral con salarios bajos, pocas o ninguna prestación y muy malos prospectos para el retiro.

 

Condiciones laborales propias de hace un siglo se ven aparecer en las regiones más empobrecidas del mundo, a donde las corporaciones de los países ricos han mudado sus fábricas, hambrientas de mano de obra barata. Talleres en los que niñas y adolescentes reciben centavos por fabricar prendas que se venderán como artículos de lujo en los países ricos. Bangladesh, país en el que las corporaciones trasnacionales han ubicado sus fábricas maquiladoras (las infames sweat shops) ha experimentado más de 150 incendios con más de 1300 muertes en la última década.

 

Esto no es exclusivo del mal llamado “tercer mundo”. Son ya tristemente famosas las horribles condiciones laborales de Amazon, propiedad de Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo en 2021: jornadas de 12 horas, salarios de miseria, cuotas extenuantes, minutos contados para comer o ir al baño que obligan a los trabajadores a orinar en botellas…

 


Afortunadamente, nuevos movimientos obreros están empezando a surgir y la idea de los sindicatos y la solidaridad de clase está cobrando nuevos bríos. Los repartidores de las apps, uno de los grupos más precarizados, ya se están organizando. Lo mismo los trabajadores de las grandes compañías de tecnología. En todo el mundo, se han manifestado los trabajadores y trabajadoras esenciales, de cuya labor dependemos todos los demás en tiempos de pandemia.

 

Pero ésa es una historia que más allá del tema que hoy nos compete. Por lo pronto, no me queda más que invitarles a leer este cómic, una pequeña maravilla insospechada que me topé por pura casualidad y que nos muestra que el aprendizaje de la historia y la reflexión sobre el presente pueden encontrarse hasta en las páginas de nuestro Caballero de la Noche. No por nada uno es tan friki y tan rojo a la vez 😉



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